Capítulo 1: La gotera

No sabía muy bien cómo, pero allí estaba, subido a un avión dispuesto a ir a vivir a Kenia, haciendo el trayecto más absurdo que se pueda imaginar: Madrid – Doha – Nairobi. Eso sin contar que tres días antes me fui de Barcelona a la capital española.

Es cierto que no hay demasiado trabajo en España, pero ir a África a buscarlo aún se me antoja absurdo. Pero ahí estaba, en el vuelo número 72 de Qatar Airways. Todo por mi maldita manía de decir que sí a todo y las ganas de hacer cosas poco habituales para luego poder fardar con los amigos mientras consumo ingentes cantidades de alcohol.

No tiendo a preguntarme qué demonios hago hasta que ya es demasiado tarde. Pensar siempre me ha resultado un ejercicio cansado, tendente al alarmismo y – sobre todo – limitante. Así que hasta que no estuve a varios miles de metros de altura ni me planteé mi situación. Afrotunadamente, hoy en día los aviones cuentan con pantallas individuales para ver el cine que a uno le dé la gana durante todo el trayecto, por lo que logré evitar mi impulso intelectual y dedicarme a la evasión mediante películas. En inglés, eso sí, que la versión en español siempre es la latinoamericana y eso nos confunde mucho a los hispanohablantes del viejo continente.

No llevábamos ni una hora de vuelo cuando una gota fría recorrió mi cogote para acabar descansando ente el cuello de la camisa y mi espalda. Como es natural, me giré violentamente para dedicarle mi peor mirada asesina a el que estuviese sentado detrás mío, con la sana intención de transmitirle que, si me volvía a escupir, acabaría con su vida.

Cuando intentaba cambiar ligeramente la posición de mis cejas con el fin de comunicarle sin palabras algo así como “Sí, sé que has sido tú. Que sepas que en este avión sólo hay sitio para un malo malote y ése soy yo”, me cayó otra gota. Sorprendido, decidí realizar el mismo ejercicio de intimidación al tipo que estaba a mi lado, que debía ser el culpable. Esta vez opté por una versión más ‘light’, ya que me vería obligado a interactuar con él, al menos, cada vez que quisiera ir al lavabo y, en siete horas, es más que probable que se convierta en una acción recurrente.

Justo había comenzado a fulminarlo con la mirada cuando, otra vez, fui víctima de una gota. No daba crédito. ¿Sería posible que, a mi alrededor, se hubiese organizado un contubernio para pasar todo un viaje escupiéndome sin que yo fuese capaz de concretar un agresor? La idea estaba en mi cabeza cuando comprendí que el mundo no giraba alrededor mío y que la explicación debía ser una gotera.

Levanté la vista y, efectivamente, ahí estaba, apuntando directamente sobre mi cabeza. Me sorprendió tanto el descubrimiento que me quedé boquiabierto. Ése era el momento que la malvada gotera estaba esperando y, con perfecta precisión, dejó caer una gota directamente en mi lengua. Sabía a tubería oxidada. Era muy desagradable.

Me asusté un poco. Dados mis nulos conocimientos de aeronáutica, una gotera en una avión me parecía un indicador evidente de una catástrofe más que probable. Apreté el botón que indica a las azafatas que necesitas su asistencia. Me hizo ilusión, porque siempre había querido hacerlo, pero nunca encontré una excusa convincente para ello. Ahora la tenía. La asistenta de vuelo reaccionó de un modo inquietantemente sereno. Será que una gotera en un avión no es tan extraño.

Sea como fuere, parecía que mi suerte estaba a punto de cambiar, ya que la clase turista estaba llena y fueron a buscarme un sitio en primera clase, a ver si había más suerte. Eso sí, tuvieron la desfachatez de pedirme / ordenarme que esperara sentado, sin proporcionarme un paraguas o un chubasquero. No sé si fue por mi mirada amenazante previa, pero el tipo que tenía detrás me ofreció su periódico para resguardarme de una lluvia tan heterodoxa.

La azafata regresó con una buena noticia: iba a poder viajar en primera si pagar ningún recargo. La seguí feliz, preguntándome cuál sería el menú que me iban a ofrecer. Cuando vi el asiento el que estaba destinado, mi alegría se redobló. Al lado estaba una joven guapísima con pinta de soltera. A lo mejor ya no necesitaba irme hasta Nairobi. Tenía algo más de seis horas para seducirla y vivir el resto de mis días a sus expensas. “Debería haberme afeitado”, pensé.

Estaba yo practicando mi saludo mentalmente cuando llegó otra asistenta (momento en el que concluí que reservan a las más hermosas para los que más pagan) aclarando que el sitio no estaba libre, sino que pertenecía al jequecillo que estaba detrás suyo. Por lo visto, andaba algo suelto de vientre y se había instalado temporalmente en el lavabo. No me dio ninguna pena, máxime después de que me lanzara una mirada de desprecio. Le habría respondido con una de mis miradas fulminantes, que ya las tenía ensayadas, pero me pudo la curiosidad y le pregunté cómo se las arreglaba en el váter con tanta túnica. No entendía inglés o no quiso entenderlo.

Así que, rotos mis sueños de futuro al lado de una mujer trofeo que – encima – iba a aportar también el dinero y el lujo, volví al asiento de la gotera, reservado a los periodistas autónomos. Obviamente, no estaba dispuesto a mojarme, así que dejé claro que eso había que arreglarlo o, en el mejor de los casos, me mojaba, pero me devolvían el dinero más un extra por las molestias.

Apareció un asistente de vuelo armado con un ‘tupper-ware’ y cinta americana. Ni corto ni perezoso, pegó el recipiente al techo y dejó que se fuera llenando de agua. Periódicamente, venía a comprobar que no rebasase y cambiarlo. Cada vez que lo hacía me preguntaba si estaba bien. Yo me hacía el dormido.

@NatxoMS

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9 pensamientos en “Capítulo 1: La gotera

  1. Que conste que la guapa esa se llamaba ‘manolo’ y es de vitigudino, que los jeques sueltos de vientre son muy raros… Por cierto, esto de no pensar dónde se mete uno hasta que está dentro me suena muy familiar… la única ventaja que tiene es que siempre es tarde para arrepentirse…

  2. Ay,ay,ay !!!!,que niño este!…. pensar que me has costado un buen colegio, una mejor universidad con su carísimo erasmus y un alucinante master en la capital !!!….cuando te pregunten en que rama del periodismo trabajas, contesta que de rama nada que tu desde el pupitre como los blancos.

  3. ¡jajajajajaja! ¡eres un crack! si mantienes este estilo de escritura tan cómico y sincero espero que escribas un libro cuando vuelvas. ¡Pero no vuelvas con barba de Robinson Crusoe! Se te echa de menos.

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