Entrar en una peluquería y ver que todos los peluqueros son calvos le deja a uno una sensación, cuando menos, inquietante. Pero mi madre me había visto por Skype y me ordenó que me cortara el pelo. La verdad es que razón no le faltaba. Mis greñas empezaban a ser preocupantes. Además, el día anterior se me ocurrió arreglarme la barba cuando estaba medio dormido. Craso error, ya que arruiné una de mis patillas. Visto el resultado, no me quedó más remedio que afeitarme completamente.
Decidí proceder con el corte de pelo en el único sitio en el que sabía que lo hacían, el centro comercial Yaya, cuyas cafeterías se han convertido en mi despacho. Al fin y al cabo, el precio del alquiler se limita al coste de un café y – si me apetece – unas tostadas.
Nada más cruzar la puerta del establecimiento, saqué una ensayada nueva personalidad, la de un hombre resuelto y muy seguro de sí mismo. “¿Se puede cortar uno el pelo aquí?”, pregunté con voz autoritaria. La recepcionista me dedicó una sonrisa y me respondió afirmativamente. Su actitud me recordó que la gente suele ser mucho más agradable que yo. Mi respuesta a la misma pregunta habría sido: “Esto es una peluquería. Si te parece, vendemos electrodomésticos”. Luego habría pensado para mis adentros “¡será idiota el tío, le voy a cobrar más por listillo”.
Pero, afortunadamente, los empleados eran muy amables. Inmediatamente, me sentaron para que un tal Sammy procediera a la poda. En España acostumbro a discutir de fútbol con el barbero, pero aquí todos se dedican a hacer loas al Barça en cuanto se enteran de que soy de Barcelona. Cuando les aclaro que soy del Español, ellos callan y yo ya me he enfadado. Así que el fútbol, mejor evitarlo. El peluquero me preguntó cómo lo quería. “Corto”, le respondí. Iba a explicarle que mi problema es que el pelo me crece hacia arriba y es imposible mantenerlo peinado, pero dado el pelo absolutamente rizado que se gastan por aquí, preferí no aclararlo, no fuera que le diera por raparme al cero,
A mi lado estaba un hombre calvo al que le estaban repasando la barba. Cuando yo me senté, ya le estaban atendiendo y, cuando acabaron conmigo, seguían. Jamás en mi vida había visto invertir tanto tiempo en el vello facial, así que le planteé mi sorpresa a Sammy. “Es que es muy exigente”, me respondió. Yo sigo pensando que le cobran por hora.
En cualquier caso, mi madre quedó muy contenta con mi nuevo ‘look’, así que este mes ya he cumplido como hijo. Gracias a Sammy. Eso sí, mi estudiada apariencia de intrépido y barbudo reportero se ha ido al traste. Ahora parezco un chavalín de quince años que aspira a ser Tintín. Habrá que trabajar duro para compensar mi apariencia. O, tal vez, deje pasar el tiempo hasta que me vuelva a crecer la barba.
Soy el primero en comentar! me siento bloggadicto! pues ahora yo tengo más patillas que tu nene!
Que vaaaaaa!! Estas muchisimo mas guapo! Tu look anterior era de fascineroso, ahora es de pibon interesante y aseado. Ves mucho a Sammy!!
Bien hijo, ahora tu aspecto es el que yo quería. ¡Hurra por Sammy!. Si alguna vez voy a verte a la sabana, presentame al personaje.
Nacho! Ahora tienes que dejarte barba para tener un look de reportero duro! Con eso y poco más te volverás irresistible para las kenianas!
¡Divertidísimo!