Capítulo 8: Un tronado en la embajada

Debo decir que los integrantes de la embajada española en Nairobi que he conocido son muy buena gente, pero tienen costumbres un tanto extrañas y molestas. Me refiero a convocar una rueda de prensa a las 08.30 de la mañana. ¿Es que no saben que al español medio le gusta dormir más que un lápiz a un tonto?

En cualquier caso, hice un esfuerzo sobrehumano y acudí a la cita. Las legañas castigaban mis ojos, el sueño era como una losa sobre mi voluntad. Afortunadamente, hace mucho que resolví no tomar ninguna decisión en mi vida antes de la ducha mañanera. De lo contrario, habría abrazado a la almohada como si se tratase de una amante, le habría prometido amor y fidelidad eternos y habría permanecido el resto de mis días tumbado en mi idilio. Al fin y al cabo, soy de naturaleza horizontal.

Llegué 10 minutos antes de la hora. No me esperaba que intentar entrar antes de las 08.30 era una misión imposible. Me dejó el taxi y yo, resuelto, intenté abrir la puerta. Estaba atrancada. Como era muy pronto y andaba algo dormido, no se me ocurrió ponerme a pensar y me dediqué a empujar la puerta con todas las energías de las que disponía. Fue tanto mi empeño que, al otro lado de la puerta, llegaron a asustarse. Tuvo que venir el guardia de seguridad, AK-47 en mano, para aclararme que – hasta las 08.30 en punto – no se podía pasar.

Esperé pacientemente en la entrada hasta que decidieron que se podía pasar. Supuse que sería el primero, pero en el piso de la embajada me encontré con gente de la prensa local. Imagino que durmieron allí. No me lo explico de otro modo.

Me puse a hablar con los representantes del Museo Nacional que habían venido a la rueda de prensa. Acabamos discutiendo sobre Obama. Les dije que me parecía un fraude y que entre él y Hillary Clinton me habría quedado con la segunda. “¿Porque Obama es negro?” me inquirió mi negro interlocutor. “No, porque Clinton es mujer, no te fastidia”, le respondí. Preferí no entrar en una discusión sobre el cromatismo del presidente de Estados Unidos, pero sí que dirigí la conversación para soltarle: “¿Crees que si fuera racista me habría venido a vivir a Kenia?”.

La discusión se estaba poniendo interesante cuando, a mis espaldas, me asaltó una pregunta que no me esperaba: “¿Cristina Fernández, de qué país es presidenta?”. Me giré para identificar el origen de aquella curiosa frase. Era un tipo desharrapado que se cubría la cabeza con una gorra andrajosa y aparentaba unos 40 años. “Argentina”, le dije mientras le miraba con cierta perplejidad. Lo siguiente que me dijo me volvió a descolocar: “Soy licenciado en psicología. Soy un intelectual”. Le respondí que vale, que me parecía fantástico. Le di la espalda y volví a mi discusión sobre Obama. Al poco rato, el intelectual harapiento volvió hacia mí agitando un ejemplar de ‘El País’. “¿Es este el periódico más importante en España?”, me djo. “El más vendido”, respondí. Satisfecho con mi respuesta, se sentó a hacer ver que lo leía (porque dudo que supiese una sola palabra en español).

Fue entonces cuando vinieron a buscarnos para empezar con la rueda de prensa. El diplomático que nos dio la bienvenida, miró al curioso personaje con desconfianza. En cuanto se levantó para acompañarnos, le cortó el paso y le advirtió que ni se le ocurriera mear fuera de tiesto o le echaba.

En la sala había café para todos, algo que agradecí, porque llevaba un tiempo pensando en tomarme uno. Conmigo entró el compañero de EFE. Éramos los dos únicos periodistas españoles. Obviamente, nuestro principal interés era enterarnos de la situación de las dos españolas secuestradas en Somalia. No nos soltaron prenda.

La rueda de prensa, de aspecto cultural, se desarrolló con normalidad. El único que sufrió al tronado fui yo, que lo tenía al lado. No podía estarse quieto y parecía disfrutar como un crío por estar sentado sobre una silla rodada. Me golpeó en repetidas ocasiones y a punto estuve de encararme con él. Pero llegó el turno de preguntas. Como no podía ser de otra manera, mi vecino golpeador monopolizó el momento.

Saltaba de tema en tema. Empezó felicitándonos por ser campeones del mundo (de fútbol, por supuesto) para pedir una delegación de la Federación Española para potenciar este deporte en Kenia. Asunto que, sorprendentemente, logró enlazar con  la economía y expuso su propia teoría acerca de la crisis, cuya conclusión fue que – por supuesto – había que invertir en África. Nadie le interrumpió para aclararle que la cuestión es que no hay un duro para invertir en nada. Todos queríamos que acabase, se callara y nos dejara hacer nuestro trabajo en paz.

Pero no calló. Centró su discurso en China, sobre la gran potencia de futuro que es, pero que no sabe apreciar el vino hispano, mucho mejor que el surafricano. Eso sí, según él, los españoles debemos andarnos con cuidado, porque los chilenos nos pisan los talones en ese aspecto. Su preorata vinícola concluyó con una mención a las secuestradas, que sufrían ese drama por culpa de que los musulmanes no beben alcohol.

3 pensamientos en “Capítulo 8: Un tronado en la embajada

  1. Desde luego! D doonde salen tantos rraritos? Y mi inttrigaa es.. Cual es su verdadera profesion? Periodistaa? D dnd?
    Ah! Y no se te ocurrio q podia ser un buen contacto xa temas der futbol? Jejjeje

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