Capítulo 10: Verano muerto

 

Álvaro Ortiz

Álvaro Ortiz es un artista o, al menos, tiene la pinta: algo desharrapado, poblada barba y perenne cuaderno en mano, listo para dibujar un boceto en cualquier momento.

Es una pena conocer a un virtuoso y ver que no eres capaz de apreciar su arte. Ni los años que pasé estudiando Humanidades han logrado desembrutecerme. Puede que los años estudiando Periodismo lo impidieran.

Conocí a Ortiz en el Museo Nacional de Kenia de Nairobi. Asistía a la inauguración de una iniciativa de la embajada llamada Cómic 10+10. El hecho de que hubiera una suma en el nombre del evento, debería haber ahuyentado a un tipo de letras puras como yo, pero pensé que podría venderlo al periódico. Como de costumbre, no supe valorar bien los criterios de interés o no supe plantearlo de un modo suficientemente atractivo.

El dibujante español era el invitado de honor, aunque no parecía estar muy cómodo con la pomposidad del acto. Por desgracia, no pude estar más de 20 minutos por allí. El deber me llamaba y el horrible tráfico de la capital keniana hacía muy probable que acabase pasando dos horas en un coche, pero me dio tiempo a enterarme de que, al día siguiente, Álvaro ofrecía allí un taller a distintos dibujantes locales.

Así que allí me planté. La primera dificultad estaba a la entrada. No estaba dispuesto a pagar el coste del paseo por el museo, así que eché mano de mi pasaporte y mi carné de periodista. La portera no parecía tener demasiado interés en entrar en razones. “No vengo a ver el museo, ya lo he visto -en realidad, nunca lo había visitado-. Soy periodista y vengo a cubrir el taller”, le dije. “Para entrar hay que pagar”, me respondía una y otra vez, sin hacer caso a lo que yo dijera. “Vamos a ver. Vuestro museo no me importa, pero si hablo del taller, hablaré del museo y tendréis publicidad gratis”, insistía. “Paga”, respondía. Acudió en mi ayuda un tipo que estaba escondido entre las sombras. Dijo algo en suahili y la portera bajó la cabeza. Antes de plantearme qué estaba ocurriendo, avancé con decisión dentro del edificio. Nadie me dijo nada.

Kelvin "Shin" Irungu, ganador de Cómic 10+10

Llegué el primero y aproveché el tiempo para repasar la prensa local. Cuando Álvaro apareció, pasó un buen rato hablando comigo. Yo le preguntaba por su trayectoria profesional y él me respondía, pero sus respuestas eran cortas y no conseguía que me diese pie para enhebrar una conversación. Tuve más éxito cuando empecé a hablar de África, de la que hablo dándome ínfulas de experto, aunque llevo aquí poco más de un mes.

Después del taller, quedamos para vernos esa tarde en su hotel. Cuando llegó la hora, el tráfico era especialmente terrible. Me planté en la “acera” dispuesto a subir al primer ‘matatu’ o autobús que pasara hacia mi destino. No debí hacerlo. Si hay demasiada congestión en su ruta, los transportes públicos cambian su itinerario sin previo aviso. Si no conoces bien la ciudad y, encima, es de noche, puedes acabar en cualquier lado. Y en cualquier lado acabé. Detecté a tiempo el desvío y le pedí al conductor que  me avisara cuando pasáramos cerca de Argwings Khodek con Valley road. Me confié y me dedique a observar Nairobi por la noche, aunque sólo se ven los faros de los coches y el resto está sumido en la oscuridad.

La primera farola encendida me dio la alarma. Tenía que estar cerca del centro y yo debía bajarme antes. A base de educados gritos, conseguí que el autobús parara, a pesar de que había conseguido reanudar la marcha. Hacía 20 minutos que debía estar tomando una cerveza con Ortiz.

Harto de estar sentado y cargado de adrenalina gracias a mi enfado, decidí caminar, a pesar de que estaba bastante lejos de mi destino. En cualquier caso, el tráfico estaba parado en todas las direcciones, así que tampoco iba a tardar más.

Fue entonces cuando fui consciente de que los kenianos caminan mucho, pero lo hacen muy lento. No parece que tengan prisa por llegar a ningún lado, pero están decididos a alcanzar su destino. Me recuerda a mi más tierna infancia, cuando me hacía un lío a la hora de vestirme y mi madre me repetía “Napoleón decía: vísteme despacio que tengo prisa”. Tal vez fuese la rabia infantil cuando se ve incapaz de realizar una tarea sencilla para los mayores el origen de mi rechazo hacia el tirano francés, aunque la campaña bélica que propició a mayor gloria suya también tiene su peso.

En cualquier caso, llegué, pasé media horita disfrutando de una buena conversación parapetado tras una ‘Tusker’, para acabar despidiéndonos para salir a nuestras respectivas fiestas que acabaron siendo la misma. Pero eso es otra historia que no pienso contar.

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2 pensamientos en “Capítulo 10: Verano muerto

  1. Jajjajaj!! Por qué no la piensas xontar??? Espero que esa fiesta con Ortiz sea el cap 11!!
    Còmo conseguiste llegar a tu destino sin saber dónde estabas?
    Otra frase de tu madre: “el que pregunta, es ignorante un segundo. Que no pregunta, será un ignorante todaa la eternidad”
    Impaciente x saber más!

  2. Pingback: Verano muerto | El mundo no es lo que era

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