Llegar a la playa de Nduru tiene su complicación. Primero, hay que subirse a un autobús que te lleve desde Nairobi hasta Kisumu, la tercera ciudad más grande de Kenia, que se encuentra a orillas del lago Victoria, origen del Nilo. Ocho horas después (que a la vuelta me di cuenta de que eran pocas) de viaje por unas carreteras que pasan a ser presuntas 50 kilómetros pasado Nakuru, llegué a mi destino. Eran las 04.00. La estación Akamba, la compañía que me llevó, estaba desierta a esas oscuras horas. Estaba hambriento, así que entré en un establecimiento situado al otro lado de la calle y cuyo cartel anunciaba comida.
Dentro, la música sonaba a todo volumen. Allí sólo había tres tipos dormidos sobre las sillas de plástico. Tuve que propinarle una patada a una de ellas para que uno de los susodichos despertara. “Quiero comer” le dije mientras él recogía con la mano la baba que le caía de la boca. Se levantó y, sin mediar palabra, se puso de inmediato tras los fogones. Al parecer, el menú era fijo: arroz y pescado. La cucaracha que salió disparada de mi plato no me quitó el hambre y devoré el arroz para poder ponerme con el pescado con más cuidado, no fuera caso que me tragara una espina. Debo decir que la comida estaba deliciosa.
Llegué al Sooper Guest House cuando eran casi las 05:00 de la mañana. El recepcionista – al que también tuve que despertar y repitió la operación de la baba – comprobó mi reserva y me pidió que me esperara 15 minutos mientras preparaba la habitación. Esperé en la terraza. Apenas podía distinguir el lago. Winston Churchill describió de este modo, en su libro Mi viaje por África, la vista que ahora se planteaba frente a mí: “Las aguas del lago resplandecen dispensándole su generosa bienvenida al sol naciente”. Mientras más que disfrutar estudiaba la vista, un rezo que se me antojó un lamento comenzó a escucharse desde el minarete de la mezquita del ferrocarril (así se llama, “Railway Mosque”).
El recepcionista subió y me dijo que no quedaba ninguna habitación individual. Discutimos acaloradamente. Yo había hecho la reserva y no estaba dispuesto a quedarme en una doble pagando la diferencia. Acordamos que lo aclararía al día siguiente con el dueño. Estaba destrozado y, en dos horas, tenía que salir para la playa de Nduru.
Después de mi breve descanso, salí para la estación de autobuses de Kisumu. No sabía dónde estaba, así que me subí a un medio de transporte público que me tenía fascinado: el boda boda, también conocido como bicicleta-taxi. De esta guisa – la que os podéis imaginar – llegué hasta el ‘matatu’ que me tenía que llevar a Rabuor, mi última escala.
Allí tenía que encontrarme con Michael Gielhufe, el representante de los cuerpos de paz de Estados Unidos en la zona. Él era mi contacto con las mujeres de la iniciativa “No sex for fish”, que fue lo que me llevó hasta el lugar.
Michael es un tipo que ya ha pasado los 50. Estadounidense de origen alemán, hace gala de un cabello blanquísimo y una piel enrojecida al estilo gamba, como es costumbre entre los europeos del norte que pasan mucho tiempo bajo el sol. Su historia es muy interesante. Era un ingeniero informático de éxito que trabajaba con Steve Jobs. Lo dejó todo, incluida su familia, para pasar dos años haciendo labores de ayuda. Me cayó bien de inmediato. Me decía que no se podía trabajar como muchas oenegés, que llegan, hacen – por ejemplo – un pozo y se van. Él era partidario de aprovechar la formación occidental para asesorar gratuitamente a los locales con el fin de que se convirtieran en emprendedores y, así, crear puestos de trabajo. En lugar de hacer un pozo, es mejor ayudar a que alguien monte una empresa que los construya. Adoro la forma de ver estas cosas de los norteamericanos.
Michael me acompañó hasta la playa de Nduru desde Rabuor, que no es más que una decena de chabolas juntas y una gasolinera. Por desgracia, no pudo hacerlo en el mismo vehículo que yo, ya que las normas de su organización les prohíben subirse a una moto-taxi. Pero yo soy autónomo y puedo hacer lo que me venga en gana, así que me tiré 20 minutos de paquete en una motocicleta por un camino de tierra. A mi paso, entorpecido por rebaños de burros y cabras, todos me miraban. Los niños corrían persiguiéndome y gritando “¡Musungu! ¿How are you?”. Un simple levantamiento del dedo gordo en señal de “All right” hacía las delicias de los chavalines que se burlaban, imagino, de mi pigmentación. Por fin, llegué a mi objetivo, donde Michael me esperaba con las chicas del ‘No sex for fish’.
Me acogieron con alborozo y me sentaron en el sitio de honor, como invitado. Todas se sentaron a mi alrededor, dispuestas a escucharme. Pero yo las quería escuchar a ellas. Estaba Justine, la decana y mayor del grupo. Luego Rebecca, que empezó a tener hijos a los 13 años y ahora, con 21, tiene cinco. También se encontraba Lorraine, la más guapa, que hablaba con pasmosa naturalidad de sus co-esposas. A su lado se sentaba la pizpireta y enérgica Pauline. Había otras que sólo hablaban Luo, por lo que no pude conocerlas mucho.
Yo sabía que algunas de ellas habían sido víctimas de la ‘Jaboya’ (prostituirse a cambio de pescado), pero cuando les preguntaba sobre el tema de manera directa, bajaban la vista al suelo y callaban. Ni sí ni no, sólo silencio. Después de pasar un rato de conversación, me trajeron una Coca-Cola. Decían que la costumbre es que los invitados disfrutasen de una bebida gaseosa. Me sorprendió lo rápido que se pueden establecer tradiciones, ya que no hace tanto tiempo que llegaron este tipo de refrescos a esta esquinita del mundo.
Después del trámite, salimos a echar algunas fotos. Posaban presumidas y entre bromas. Subieron a una de las barcas, varada porque en el lago las mujeres tienen prohibido pescar. Agarraron algunos pescados y me los mostraban. Eran suyos, se habían convertido en propietarias de unas barcas y eran independientes para hacer lo que quisieran. Los niños, apoyados en otro bote, se reían de mi torpeza al ver cómo pisaba todos los charcos habidos y por haber, ya que me limitaba a prestar atención a lo que captaba por el objetivo.
Acabamos la visita ese día, pero yo no estaba satisfecho. Tenía la sensación de que callaban por vergüenza y cabía la posibilidad que se debiera al respeto y la admiración que sentían por Michael. Decidí presentarme solo al día siguiente y de improviso. Opté por presentarme más temprano para coincidir con la llegada de los pescadores.
Así lo hice y pude ver la playa con calma, apartado en un rincón, pasando todo lo desapercibido que un ‘musungu’ puede pasar. La playa de Nduru es pequeña y muy verde. Está delimitada por la frondosa maleza, que ocuparía toda la costa de no ser por el arduo trabajo que le dedican los habitantes del lugar a mantener despejadas las orillas que utilizan como embarcaderos. Por la mañana aparecen a lo lejos los barcos de los pescadores, que llegan con sus redes llenas siempre que algún hipopótamo no haya destrozado las redes después de verse atrapado.
En la playa esperan las mujeres, los niños y los ancianos. Todos han salido de sus chozas, situadas prudentemente apartadas de las crecidas. También ha llegado algún que otro patrono (propietarios de alguna barca) y varios compradores, que llevarán parte del pescado hasta Rabuor, la población más cercana en la carretera de Kisumu.
Conseguí que las chicas me contaran algo más, pero siguieron callando mucho. Presioné hasta donde me pareció prudente. Intenté contarles partes de la historia de mi vida, para ver si así me ganaba su confianza. Les sorprendió mucho que un blanco como yo fuera el segundo de siete hermanos. “Es una buena familia”, me dijeron. También se asombraron cuando les dije que éramos todos de los mismos padres, que en España está muy mal vista la poligamia. No podían creer que fuera a volver a Barcelona con motivo del nacimiento de mi primer sobrino. Cuando se enteraron de que la madre tiene 27 años, no daban crédito. Me preguntaron cómo era posible que a mi avanzada edad (26) aún no me hubiera casado. Pero los gritos de asombro llegaron cuando supieron que mis abuelos siguen vivos y que uno de ellos ha sobrepasado los 90.
Así conseguí que Justine me confesara que su hija mayor era seropositiva por culpa de la ‘jaboya’. Pauline me habló de la muerte de sus padres, acontecimiento que la obligó a casarse muy joven. Lorraine, por su parte, me explicó cómo tenía que hacerse cargo de uno de los vástagos de su co-esposa, que era ciego. Más satisfecho de mi trabajo, volví a Kisumu para venderle el reportaje a mi periódico.
Pero al Lago Victoria me llevó también otra historia: el conflicto de las islas Migingo, una pequeña guerra entre Uganda y Kenia. Así que salté de ‘matatu’ en ‘matatu’ para llegar a Nyandiwa, para embarcarme allí hacia las islas. Por desgracia, ningún pescador quería llevarme. Me decían que era absurdo, que los ugandeses no dejarían que desembarcara un blanco y, si lograba pisar tierra, me prohibirían hablar con la gente o hacer fotos. Incluso me obligarían a volver. Yo insistía, pero zanjaron la discusión afirmando que ellos podrían tener problemas mucho más graves que los míos si me llevaban. Ante este argumento, cambié de estrategia e intenté alquilar una barca para llevarla yo mismo hasta las islas, de modo que nadie sufriera consecuencias por mi conducta. Logré que algunos aceptaran. Por desgracia, pedían demasiado dinero por el alquiler. Yo no disponía de tanto y no logré regatear lo suficiente, así que tuve que renunciar al viaje.
Volví hasta Kisumu. Eran casi las 16.00. Internet me había traicionado y resultaba imposible mandar las fotos que he propuesto para mi reportaje. Puede que estuviera en la tercera ciudad de Kenia, pero no figura en la lista de prioridades. Los avances tecnológicos aquí los hacen los empresarios extranjeros que vienen buscando oportunidades lejos de casa.
El día anterior conocí a Malcom Ormiston, un escocés que trabajó como periodista radiofónico en Melbourne. Eso me sorprendió, porque era un tipo parco en palabras. Cuando le pregunté qué hacía en Kisumu, me dijo que había venido a explorar las posibilidades de negocio del África oriental y decidió crear un servicio de ferry que conectara la ciudad con las islas cercanas y, si el conflicto de las Migingo no lo impedía, con Uganda. Lo definió como “los ‘matatus’ del agua”.
Sin una buena conexión, sólo logré mandar diez fotos a través de Google plus a un amigo de la redacción de Madrid. No me pareció suficiente y, si me compraban la historia, tendría que enviar los vídeos. Así que decidí adelantar mi vuelta a Nairobi. Compré un billete para el primer autobús que saliera hacia la capital, a las 21.00.
Subí a la terraza del Sooper Guest House para terminar de leer Áfricas, de Bru Rovira. Poco antes de que fueran las 16.00 en punto, comenzó a sonar la megafonía de unos coches que daban vueltas por la calle Oginga Odinga. Pegaban gritos en la lengua local, el Luo. Anunciaban la llegada de un predicador protestante el día 21 e invitaban a todo el mundo a acudir para escuchar su mensaje. Este sonido se mezcló con la llamada al rezo de la mezquita del ferrocarril.
Fue entonces cuando me fijé en el tejado del edificio de al lado. Allí había un niño descalzo, con una camiseta naranja y un pantalón blanco. Se escondía tras la baranda, para asomarse de vez en cuando a la calle, al paso de los coches que anunciaban la llegada del predicador. De tanto en tanto, detenía su mirada en el lago Victoria y se quedaba muy quieto, como si aquellas aguas le hipnotizaran.
Recordé el Mediterráneo. Hice cuentas del tiempo que llevaba viviendo lejos del mar. Este iba a ser mi tercer año. Primero Armagh, en Irlanda del Norte; luego Madrid y ahora Nairobi. Para un chico de Barcelona como yo, estar lejos del mar pesa como una losa. Echo de menos la Costa Brava y sus pueblecitos en los que se disfruta de una buena cerveza que sabe a sal, porque acabas de salir de hacer submarinismo.
Ahora es invierno en la ciudad condal y hace demasiado frío como para meterse en el agua. Hasta finales de abril o principios de mayo no se puede hacer ninguna inmersión, me recordaba para tranquilizar mi nostalgia. En cuanto tenga algo de dinero ahorrado, me iré a Mombasa para explorar sus aguas, pensé. Habrá que ver si consigo ahorrarlo.
Pasa una hora y llegan las 17.00, que parecen las benditas 18.00, cuando el sol comienza a ponerse y una brisa suave llega desde el lago. El calor deja de ser agobiante y es el momento ideal para beber una Tusker Malt en algún bar que tenga terraza. Las calles siguen llenas de vida y el tráfico es un caos de coches, triciclos, motos y bicicletas. El colorido compensa la fealdad de los edificios de Kisumu. A lo lejos puedo ver el verdor que rodea la ciudad. Me voy esta noche. No sé si volveré. Pero algo de mí quedará en esta tierra: la gorra que perdí el primer día, cuando volvía de la playa de Nduru en una moto-taxi. En realidad, creo que era de mi hermano. Espero que no le sepa mal, aunque nunca se ha enfadado conmigo.
Pero antes de marcharse, hay que cenar, así que me senté en “El Buda feliz”. En la mesa de enfrente estaban sentadas unas chicas jóvenes, que charlaban alegremente. Aún no me habían traído la comida cuando un indio bajito, gordo y feo llegó. Vestía pantalones y chaqueta oscura, además de una camisa naranja. Se acercó a las mujeres. Enseñó una cartera llena de billetes.
“Hola, ¿puedo invitaros a una copa?”, dijo mientras ponía el dinero sobre la mesa. Colocó sus gafas por encima de las cejas y les dio su tarjeta de visita. Estaba un poco bebido. Quedó con ellas para más tarde e hizo ademán de marcharse, pero se quedó a unos metros de distancia, como desorientado. Decidió volver y entró en un restaurante para volver con las chicas, acompañado del camarero a quien indicó qué bebidas debía traer. Al rato se sentó en una silla equidistante entre ambas. Cuando hablaba con ellas mostraba su predilección por la que vestía de rojo, a la que tocaba descaradamente. Les preguntó su nombre. Una se llama Rita, la otra – de rojo -, Edna. Intercambiaron números de teléfono, pero el tipo no se marchó.
Al rato, volvió una tercera chica que se había marchado hacía poco. Se llamaba Irene. El indio aprovechó la situación para sentarse junto a Edna. Sus repetidas expresiones en árabe, invocando a Alá, me hicieron pensar que tal vez fuera paquistaní. No tardó en concentrarse en Edna, a la que obligaba a cuchichearle a la oreja. Las otras dos no parecían ofenderse y siguieron hablando ente ellas.
Pero el putañero parecía tener ganas de un trío o – incluso – un cuarteto, por lo que de vez en cuando intentaba captar la atención de las otras. Ni siquiera habían empezado a beber la primera, cuando pidió una segunda ronda de tequila. Entre los chupitos, el indio/paquistaní se declaró líder espiritual y afirmó poseer un hospital y un periódico, el Daily Nation.
Al poco llamó a su hermano, que se acercó. Es más joven. Dijo que su pariente había nacido en Londres, pero que él era de Tanzania. Susurró algo al oído de Edna, mientras señalaba a las otras dos. A medida que pasaban los minutos, manoseaba más y más a la chica de rojo que no parecía sentirse incómoda. El viejo no tardó en empezar a besuquearla. Ella le dijo que fuera más despacio y le ofreció sólo la mejilla.
Al rato, Edna pareció discutir con su novio por teléfono. “Quiero saber cómo lo hiciste y con quién” “No le llames” “Escucha, tengo SIDA y quiero saber cómo lo hiciste y con quién” “Mañana vas a hacerte la prueba”.
Alternaba con asombrosa naturalidad una conversación tan dramática con el flirteo con el indio / paquistaní / tanzano, quien acabó por despedirse, sin dejar de quedar para el día siguiente. Irían a “un buen sitio” para pasar “un buen rato”.
Él se sentó con sus amigos y ellas se marcharon. A su paso, el ‘galán’ agarró a Irene para intentar robarle un beso. No lo consiguió. Al parecer, Edna es la única en venta en ese grupo. Y tiene SIDA.





¡Muy bueno este capítulo! y muy chulas las fotos, ayudan a imaginar las escenas. Estás hecho todo un Indiana Jones: mezclándote con la población como uno más, manteniendo contactos con los cuerpos de paz, buscando por todos los medios posibles alcanzar tus objetivos y ¡perdiendo el sombrero! jajajaj.
PD: ¿me lo ha parecido a mi o en el vídeo aparece un keniano conduciendo una Royal Enfield?
Ualaaaaaa! Estoy flipando, qué descripción, es como si estuviera allí en ese momento. Qué fuerte lo de Edna, qué triste…
Por otro lado, me he sentido súper orgullosa de aparecer en tu historia, y que Dieguille también! Gracias!
Ah!! Menos mal que no cruzaste donde los ugandeses, a saber lo que te podría pasar allí. Sé que los reporteros tenéis que ir a la aventura… pero yo como te diría tu madre… quédate donde estés a salvo y ya conseguirás la historia.
Una pasada lo que estás viviendo…. y con las fotos y los vídeos, ni te cuento, nos transportas! Mucha suerte con tus historias!!
¡Muy buen reportaje! ¡Me ha tenido enganchadísimo! La verdad es que ilustrando los artículos con fotos y videos este blog gana mucho.
Además el tema del que hablas es muy interesante. Hace tiempo vi un documental muy bueno que trataba la realidad que se vive a orillas del lago Victoria. Se llama “La pesadilla de Darwin” y os lo recomiendo a todos. A mi me impresiona la hospitalidad y el buen corazón de las personas que habitan esta zona azotada por la pobreza y el sida.
Os dejo un enlace del documental: http://www.youtube.com/watch?v=Gg3CBfkeidw
Me encanta todo , todo ,todo.!!!!. solo me falta un mapa para seguir más cerca tus pesquisas….. y poder seguirte por esos recorridos…….. un beso.! desde Ribalta,