“Yo tenía una granja en África”. Así comenzaba Karen Blixen (alias Isak Dinesen) su famoso libro Memorias de África. Pues bien, ya no la tiene.
Lo que fuera la vasta hacienda de la danesa, “al pie de las colinas de Ngong”, ahora es uno de los mejores barrios de Nairobi. Para el recuerdo, sólo queda el pequeño museo en el que se transformó la casa donde habitaba. El resto son hoteles, centros comerciales, campos de golf y suntuosas casas habitadas por los ricos “white kenyans”, expatriados occidentales que han logrado hacer fortuna y kenianos negros de clase alta.
En contra de lo que cabría pensar, a visitar el museo sólo van los turistas blancos. Para la mayoría de los habitantes de la capital de Kenia, Karen no es más que un barrio. “Es una historia de europeos. Para los kenianos, Karen Blixen no es más que otra hacendada blanca que vivió en Nairobi. No tiene nada de especial”, cuenta John, conservador del museo.
Ni siquiera el enorme éxito de la película basada en el libro parece haber despertado el interés entre los locales. Memorias de África es una cosa de blancos.
Pero no todos han olvidado a esta mujer. Al fin y al cabo, marcó una gran diferencia entre los kikuyus que fueron sus vecinos. Sobre todo para su fiel servidor Kamante y sus descendientes.
Pero ellos no han leído el libro ni han visto la película. Les basta con lo que les contó su padre, Kamante.
Seguir la pista de los personajes de la obra no es fácil. No existe nada organizado más allá del museo. Para encontrar a los hijos de aquellos que la conocieron en Nairobi, hay que subirse a un coche y conducir hasta el otro lado de las colinas Ngong. Allí, muy cerca de la tumba de Denys Finch (el gran amor de Blixen), hay un terreno que compró la danesa para que los kikuyus que habían estado a su servicio pudieran vivir y ser propietarios. Pero la propiedad de la mayor parte de los campos fueron rápidamente vendidos.
Después de dejar el coche en un camino de tierra, hay que seguir a pie por un frondoso sendero. Después de caminar un rato, aparecen un par de pequeñas chabolas y un corral donde descansan dos ovejas. Las paredes de uno de los edificios son de adobe. El techo y las paredes de la otra chabola son de uralita oxidada. No hay agua ni electricidad. Sólo paredes. Por lavabo, tienen fuera una letrina rodeada por trozos de madera para salvaguardar la intimidad. Allí vive Rose, una de las hijas de Kamante.
Para ella, una visita es un evento. Todo tiene que estar perfecto. Dentro su casa hay poca luz. Apenas hay ventanas y tampoco las necesita. Su vida transcurre fuera. Manda sacar una mesa, un sillón para el invitado y unos taburetes para ella y los suyos.
La comunicación es complicada. No habla inglés. Al parecer, a su padre no le pareció importante. A través de un traductor, responde escuetamente a las preguntas. “Mi padre trabajó para Karen Blixen. Ella nos dio estas tierras”. Calla. Sus recuerdos son borrosos. Recuerda lo que le contó su padre sobre la danesa, pero nunca lo consideró relevante. Pero sobre Kamante sí habla. “Era muy inteligente. Estuvo en Dinamarca”, afirma con rotundidad y una leve sonrisa de orgullo en sus labios. “Era mi padre”, dice.
Después de una hora de conversación, dio la visita por terminada. Era el momento de marcharse. De vuelta al coche se puede tomar un desvío. Hay una parada que vale la pena: el lugar donde Dennys Finch está enterrado. No hay lápida ni cruz. Simplemente un
montículo de mala hierba en medio de un campo de cultivo. Suficiente muestra de respeto.
Más cerca del museo se encuentra la casa de un hacendado estadounidense. Dentro de sus tierras, escondidas en el bosque, hay una serie de cabañas. Allí pasó sus últimos días Kamante y allí vive Chris, otro de sus hijos.
Lo acompaña su nieto. Chris es ciego. Sus días no son más que una espera a que la muerte le sobrevenga. Él, que había sido un soberbio guitarrista, ha perdido la ilusión por la vida. Si le preguntas por su guitarra, su respuesta es sencilla: “Ya no la tengo”.
La descripción que hace de su padre coincide con la que se nos ofrece en el libro. Un hombre reservado, de pensamientos impenetrables y amigo del silencio. “Él era kikuyu. Nunca intentó ser blanco. No le gustaban los que intentaban ser europeos. Una vez dijo que sólo les faltaba pintarse la cara”, explica Chris de su padre. Luego calla. Responde con monosílabos y se mueve incómodo sobre su cama. No quiere más visitas.
De vuelta en el coche, John intenta disculparlos: “La familia para ellos es importante, pero no tienen mucho interés por recordar los detalles del pasado. Desde su punto de vista, su padre no fue un personaje relevante del libro de una famosa escritora. Para ellos fue, simplemente, el cocinero de una blanca más. Como tantos que hubo”.





No he leído ni visto Memorias de África, pero no sabía que fuera un hecho real. Sorprende que algo tan mítico en Occidente no exista para ellos. ¿Pasará lo mismo en Casablanca?
Lo confieso… He estado tan liado que hasta hoy no he podido seguir tus Historias; y pongo Historias con mayúsculas porque eres un excelente narrador. ¡¡Estás enseñándonos tanto de qué es y sobretodo de cómo es África!!. A través de tus ‘graffitis’ y los llamo así porque son pequeñas pinceladas o ‘rociadas’ de lo que es la vida en Africa, estás describiendo la sociedad, las costumbres, la crueldad y verdad de Africa. Me rindo a tus pies, que sospecho que deben estar ‘negros’ de tanto patearte el país (y no quiero ni pensar cómo estarán las uñas de los mismos, ¿acaso carbonizadas?). Me gusta porque utilizas un lenguaje muy irónico pero elegante a la vez.
En tu futuro, algún día te agradecerás haberte metido en esto, sólo espero que sea un futuro muy cercano.
p.d. Estoy enganchadiiiiiiiiisimoooooo.
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