Capítulo 14: Entre putas anda el juego

Nairobi es una ciudad con una vida nocturna muy animada. Los expatriados se mueven con comodidad por sus bares y discotecas, sobre todo las que son frecuentadas por los blancos. Pero el planteamiento de una velada de fiesta es bien distinto al de Europa.

Son muy pocos los locales libres de prostitución. A diferencia de España, donde las meretrices tienen sus zonas determinadas, aquí se mezclan los que sólo quieren pasarlo bien con los corazones solitarios con carteras bien nutridas y los excesivamente borrachos que ya no son conscientes de sus acciones. Estos últimos son los que me dan más lástima, porque es probable que se gasten una buena cantidad por algo que su ebriedad le impedirá llevar realmente a cabo.

Debo decir que el único lugar en el que no se me ofreció ninguna mujer por un precio es el Tamasha, menos popular entre los blancos a pesar de que ofrece jazz en directo. Pero puede que no me diera cuenta, ya que la razón por la que fui allí era ver el Español – Barça, así que no tenía yo la cabeza para otras cosas que no fueran fútbol.

Las formas de abordarte son muy variadas. Las hay que están muy borrachas y se vuelven muy pesadas. Recuerdo a una que se acercó a mí mientras estaba bebiendo cerveza con mi blanquísimo grupo de amigos españoles en el Mercury de Junction. La mujer era guapa, pero le costaba enlazar las palabras entre sí. “Eres muy guapo, no soy prostituta. Vamos a la cama”, me dijo. Sus palabras no me convencieron, sobre todo después de que un hombre (chulo,hermano, primo o amigo, no estoy seguro de quién era) se la llevara. Después de comentar la jugada entre risas con mis compañeros y de hacer alguna que otra gracia un pelín subida de tono, la mujer volvió. “¿De dónde eres? Me gustan tus ojos. Dame tu facebook”. De nuevo evasivas por mi parte y, también de nuevo, se la llevaron. Con la segunda ronda de bebidas, volvió. La gracia ya no era tan graciosa y empezaba a resultar muy pesada. Esta vez, el tipo que se la llevaba se quedó apartado, sin hacer nada. Con el fin de me dejase en paz, le di mi teléfono para que apuntara su número y – tal vez – con una falsa promesa de una llamada, se marcharía. No fue así. El número que me dio tenía asteriscos, almohadillas y letras entre los números. Definitivamente, no sabía muy bien lo que se hacía. Siguió dándole al palique, así que recurrí a lanzarle una mirada de desesperación a Javi, uno de mis amigos. Él comprendió el mensaje y fue al chulo/hermano/primo para que se la llevara. “¿Seguro?”, fue su respuesta. “Sí, seguro” respondió Javi. Se marchó. Al rato decidimos seguir la noche en otro local. Junto a la salida estaba ella. Al pasar por su lado, me cazó del brazo y me dio un beso en la mejilla. “I love you”, me dijo. Tal vez, después de todo, no fuera una prostituta y se tartara simplemente de una fresca. Nunca llegué a averiguarlo.

Pero la mayor concentración de rameras que me he encontrado en Nairobi ha sido en Casablanca, en el barrio de Kilimani, y en Black Diamond, en la zona de Westlands. Este último es donde suelen acabar todas las noches. Es un buen local, tiene una terraza agradable y está cerca de la mayoría de los puntos clave (Havana, Gypsy’s, Changes…).

El tráfico sexual es my descarado, aunque es difícil saber quién es una profesional y quién no. Al final, acabas asumiendo que todas las locales son prostitutas, aunque no sea así. Los blancos somos un objetivo claro. Ni siquiera sirve estar con una amiga para que desistan en su intento. Las furcias (o no) te abordan con un clásico “Hola, ¿cómo te llamas?”. Normalmente, la conversación continuaría con “¿A qué te dedicas?, ¿de dónde eres?”, pero cuando les digo que mi nombre es “Natxo” no me creen. Unas se ofenden pensando que les tomo el pelo, otras hacen el chiste fácil de la comida mejicana. La mayoría dan y dan vueltas sobre el nombre.

Una vez superado el escollo identificativo, se ponen a bailar. Lo hacen muy bien, la verdad sea dicha y el tópico reafirmado. Pero no pasan apenas unos segundos hasta que el baile pasa a ser una provocación. Sobre todo si no muestras interés, como es mi caso. Entonces las chicas sacan sus armas seductoras menos discretas. En ese momento tienes varias opciones: sucumbir a los encantos, marcharte o cortarla de forma brusca y maleducada o sacártela de encima señalando al primer blanco que veas diciendo: “Yo estoy casado, pero ese de ahí es mi amigo y está soltero”. Esta última nunca falla. La mujer en cuestión se olvidará de ti en un segundo y prestará toda su atención al su nuevo cliente potencial.

6 pensamientos en “Capítulo 14: Entre putas anda el juego

  1. Vaya tela! Estas profesionales no aceptan un no por respuesta! Son tan tozudas como un comerciante árabe en un bazar de Estambul que no te deja en paz hasta que acabas comprando alguna baratija que no necesitas. En estos casos lo mejor es tener una buena cintura y seguir alguna técnica cómo las que tú has desarrollado. Aunque visto la opción a la que recurres al final no me gustaría ser uno de tus acompañantes, por si acabo comiéndome el marrón. XD

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