Capítulo 15: En Heathrow no se puede dormir

Spanair africa no es lo que eraDespués de pasar unos días en España, mi viaje de vuelta a Nairobi empezó como a mí me gusta, con una tontería memorable y malintencionada: la posibilidad de hacerme una foto frente a las máquinas de “chek-in” de Spanair en el aeropuerto de Barcelona. Contento por la imagen que había logrado y triste por dejar una vez más tras el control a toda la familia que cupo en el coche que me llevó a la terminal, me despedí de mi país y de mis seres más queridos. Una vez más.

Esta vez evité hacer escala en Doha y me decidí por Heathrow. Lo recordaba como un aeropuerto grande y bien preparado. Sigue siendo una vuelta absurda, pero – una vez más – era lo más barato. Lo único malo era que debía pasar la noche en Londres.

Me disponía a pasar 27 horas de viaje en solitario, con mis libros y mi tableta llena de películas. Sin embargo, me llevé una grata sorpresa. Unas filas más adelante, un tipo muy alto y rubio dejaba su maleta de mano en el compartimento superior. Era Jose, un antiguo compañero del colegio al que no veía desde que comencé la universidad. Iba a una feria en Dubai para captar clientes. Gracias a él pasé un agradable vuelo Barcelona – Londres. Pude enterarme de cómo les iba a mis amigos de la infancia. Debo reconocer que, realmente, sólo sigo en contacto con dos.

Ambos íbamos a la terminal 5, por lo que acordamos encontrarnos allí y tomar un café antes de que Jose subiera a su enlace. Pero yo no podía tener un viaje sin contratiempos y, al pasar un control de pasaportes, me impidieron la entrada. “No se puede dormir en la terminal 5″ me dijeron. “¿De dónde sacan que pretendo dormir? Pretendo pasar la noche despierto” respondí yo. “Su vuelo no sale hasta mañana, le recomiendo que duerma un poco y, para eso, tiene que ir a la terminal 1″, concluyó mi interlocutora con una amabilidad sospechosamente coercitiva.

La obedecí. Tampoco es que tuviera alternativa. Así que no pude despedirme como Dios manda de mi amigo. Al menos, pensé, la terminal 1 estará preparada para que la gente duerma, es lo lógico si me mandan ahí. Tenía hambre y a las 21.00 no quedaba ni un bar ni un restaurante abierto. Afortunadamente, mi previsora madre había colocado un bocadillo de tortilla de patatas en mi mochila antes de despedirnos.

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La terminal 1 de Heathrow

La terminal 1 de Heathrow es vieja y fea, pero tiene la ventaja de que las filas de asientos no tienen reposabrazos entre sitio y sitio, por lo que puedes tumbarte un poco. No es que fuera muy cómodo y tardé en conciliar el sueño. Cuando ya estaba en esa fase en la que eres consciente de todo lo que pasa a tu alrededor pero no te enteras de nada, apareció una señora con la misión de trasladarnos a todos a la sala de espera de la puerta 2. Sin saber aún mucho sobre sus intenciones, seguí al grupo entero, lo suficientemente somnoliento como para no sentirme mal por no discutir ni un poquito.

La sala donde nos dejaron tenía una serie de tumbonas hacia las que me dirigí sin dudarlo. Me tumbé y habría estado muy a gusto de no ser por el frío provocado por un aire acondicionado encendido en pleno enero inglés. Pero, de nuevo, mi previsora madre había colocado en mi mochila una manta por si tenía frío. Así que, parapetado debajo de mi manta, logré volver a empezar a conciliar el sueño. Estaba a punto de sumergirme en un misterioso mundo onírico, en el que yo sería un héroe aventurero y me ligaría a todas las chicas guapas con las que me cruzara, cuando la señora fea de antes golpeó mi brazo. Por lo visto tocaba volver a moverse. Así, fui haciendo turismo por la terminal 1 de Heathrow, entre una manada de viajeros somnolientos a los que – al parecer – no se les permitía dormir.

A las cinco de la mañana decidí acabar con tanta tontería y subí al enlace de la terminal 5, cansado de tanto paseíto. Eso sí que era una terminal. Grande, diáfana, con las tiendas y bares abiertos. Allí me situé en una esquina y dormí una horita.

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La terminal 5 de Heathrow

Me despertó el hambre, así que fui contento a devorar un desayuno inglés de esos que me tomaba mis domingos de resaca en Belfast. Siempre me han gustado, excepto por las malditas alubias. En mi camino a la cafetería, pasé por un enorme “Duty free” que me dejó indignado. Tenían la desfachatez de vender tabaco después de haber prohibido fumar en todo el aeropuerto. Después de quitar las famosas “smoking rooms” que permitían a los no fumadores disfrutar de un ambiente sin humo y a los fumadores calmar sus ansias. Miré la web del aeropuerto y no tenían ningún reparo en anunciar con orgullo su política de persecución y discriminación contra los fumadores. Pero he ahí la cuestión: ¿Por qué quitar las “smoking rooms” cuando todo el mundo estaba contento con esa solución? ¿Porque los gobiernos europeos tienen el principio de imponer la salud a sus ciudadanos? En ese caso, tampoco debería permitir la venta de cigarrillos. Me parece una crueldad atrapar a los pobres clientes que se ven obligados a abstenerse de fumar contra su voluntad en un lugar del que no pueden salir.

Pero no todo fue una mala experiencia. Debo reconocer que soy un entusiasta de Londres. Una de las cosas que más me gusta de Reino Unido es que basta con pisar el aeropuerto para reafirmar todos los tópicos y prejuicios. Ya sean buenos o malos. Y me encanta pasar el rato prejuzgando a la gente.

Se acercó la hora de tomar mi vuelo, que salía desde la terminal 5 C, por lo que pude subirme a un monorraíl para llegar hasta mi puerta. En mi cabeza sonaba la canción de los Simpson del capítulo en el que Homer se hace conductor de este tipo de transporte. Pero el de Heathrow no tiene conductor, lo que me permitió adoptar una postura chulesca mirando a través de la ventana del frente. Estaba solo en el vagón, pero eso no me impidió recrearme en mi pose de tipo interesante.

Una vez en el avión, me convencí de que British Airways es peor que la aerolínea de Qatar, a pesar de las goteras. La pantallita de los aviones ingleses no funciona hasta después del despegue, por lo que no tienes otra que aburrirte hasta que estás en el aire. Me preocupaba que toda mi distracción fuera a ser la imagen de una noria recortando el cielo. Sólo podía controlar el brillo de la pantalla y el volumen del silencio, así que observé a mi alrededor. A mi lado se sentó una chica rubia de ojos claros. No era muy fea, pero la estropeaba una verruga que le asomaba en la punta de la nariz. Cada vez que la miraba me entraban ganas de de volver a Kansas huyendo de la malvada bruja del Oeste.

Así que, tratando de evitar mirar la verruga de mi vecina y sin poder recurrir a las películas (nefasta selección, por cierto) no me quedó otra que hojear una revista. El capitán no dejaba de hablarnos. Me pregunté por qué demonios no instalan un sistema de sonido bueno en los aviones. Da igual el idioma en el que hablen, no se les entiende nada.

Llegó el momento de atender a las instrucciones de emergencia. Las azafatas adoptaron posiciones para que todos las viéramos. Pero, en lugar de empezar con la entrañable y clásica coreografía, se quedaron absolutamente hieráticas, con una mirada displicente la de mi pasillo y severa la más alejada. Dejaban que un vídeo de dibujos animados – con la proporción exacta de variedad recial y de sexos – hiciera el trabajo.

En lugar de cumplir con mi obligación de pasajero y atender al vídeo, me dediqué a observar a mis compañeros de viaje. Casi todos éramos blancos, algo sorprendente si tenemos en cuenta que nuestro destino era Nairobi. Una vez analizadas las caras de los demás pasajeros e inventadas historias sobre sus procedencias y pasados me dediqué a jugar maravillado con las esquinas del reposacabezas, que se podían doblar hacia abajo para descansar la cabeza con comodidad.

Después de varias horas de viaje, llegué a Nairobi destrozado y rezando para que mi taxista, Danson, me hubiera esperado las dos horas que tardé en pasar la frontera y recuperar mi equipaje. Lo hizo y no me cobró extra. Me dio pena, porque es un taxista justo con los precios y, ahora que me mudaba, no iba a poder disponer de él tan a menudo.

Efectivamente, me he cambiado de casa. Y la bienvenida no pudo ser más memorable. Pero eso es otra historia.

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9 pensamientos en “Capítulo 15: En Heathrow no se puede dormir

    • Como soy europeo puedo salir de la terminal y entrar de nuevo relativamente rápido y sin problemas de fronteras. Pero los pobres no europeos tienen que pasarlo muy mal…

  1. Me ha encantado la siguiente expresión; ”Sólo podía controlar el brillo de la pantalla y el volumen del silencio”.

    El volumen del silencio. Me he imaginado una escena atípica, en la que alguien le comenta a su interlocutor -oye, ¿puedes subir un poco el silencio?, es que hay mucho ruido-
    He imaginado también que en realidad lo que controlas es el silencio pero de todo el avión. Que puedes controlar el nivel de silencio del pasaje, a tu gusto. Si la chica de al lado entabla una conversación con otro vecino, tu subes el silencio y puedes seguir leyendo con toda calma…

    Enfín. Volumen y silencio juntos para formar un nuevo orden universal.

  2. Estimado Natxo.
    Destaco la siguiente frase;
    “No era muy fea, pero la estropeaba una verruga que le asomaba en la punta de la nariz. Cada vez que la miraba me entraban ganas de de volver a Kansas huyendo de la malvada bruja del Oeste”.
    JAJAJA No me podído reír mas! Pobre chica.
    Con este texto he llegado a la conclusión que tienes el lado femenino muy desarrollado, critícar, prejuzgar y sacar defectos a otra mujer. Sigue así y te nombraré reina del baile.^^
    Sería muy divertido ponerte un vestido pomposo: color azul,pues conjunta con tu ojos, y falda tipo campana que resalta tu cinturilla. No te preocupes para los pies bailarianas, no quiero convertir tu velada especial en una tortura.

    Me a quedado la curiosídad, por qué te mudas?
    Cuidate mucho, esperamos news soon.
    Best Regards^^

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