Efectivamente, me he cambiado de piso. El motivo principal es lo que me ahorro gracias a que ahora comparto, pero también influyó mucho el hecho de mudarme a la zona de Westlands, que supone – de nuevo – un considerable ahorro en taxis para salir por la noche.
Puede que se deba a que, como buen barcelonés, soy un hombre de costa y añoro el mar porque hace tres años que vivo en tierras de secano. Tal vez se trate de una maldición consecuencia de que me mira un tuerto cada vez que veo mi reflejo un espejo. No lo sé. El caso es que país en el que vivo, país en el que inundo una casa.
Todo empezó hace tres años. Por aquél entonces yo vivía en Armagh, un pequeño pueblo en el interior de Irlanda del Norte. Llegó la Navidad y me fui a Barcelona para pasar las fiestas en familia. Mi intención era estar los días justos en casa (desde Nochebuena hasta después de Reyes), pero un terrible temporal impidió mi vuelta durante medio mes. Todos los aeropuertos de Irlanda y Escocia estaban cerrados por heladas. Así que, para cuando pude volver, había pasado casi un mes.
En esa ocasión había dejado el coche en casa, por lo que tuve que ir desde el aeropuerto de Belfast hasta Armagh en autobús. Al final, llegué a mi hogar a eso de las 00.00. Estaba cansado y sólo pensaba en lo bien que iba a dormir en mi cama, a resguardo de la lluvia que, como no podía ser de otra manera, regaba la isla verde. Crucé la puerta somnoliento y lo primero que pensé fue: “Qué raro, llueve más dentro de la casa que fuera”. Volví sobre mi pensamiento, analicé las premisas y comencé a alarmarme. Miré al techo. Ya no existía. La casa estaba totalmente destruida.
Llamé a un amigo para que acudiese a mi rescate. La conversación fue absolutamente irreal: “¿Tienes algo de valor dentro?”, me preguntó. “Afortunadamente, todo lo que tengo de valor son mis cámaras, mi guitarra y mi ordenador. Todo está conmigo”, respondí. “Pues corre, mételo dentro, que el seguro te lo pagará”, me dijo. Al poco, vino en mi rescate. Me alojé unos días en su casa y, dado que la casa era irrecuperable, me mudé.
Al año siguiente estaba viviendo en Madrid. Un día fui con varios amigos a ver un partido de fútbol amistoso de la selección española. Mis acompañantes descubrieron mi lado oscuro. Cada vez que entro en un campo de fútbol, me transformo en un tipo bruto y primario que tiende a mascullar y maldecir en catalán.
Para mi orgullo, España ganó. Así que todos ejercimos de buenos patriotas y nos fuimos a celebrarlo con todo el alcohol que encontramos en los bares. No estaba borracho, pero sí un pelín afectado. Volví a mi piso a eso de las 04.00 de la mañana. En mi puerta estaba mi vecino de abajo, golpeando con insistencia mi puerta y acordándose de toda mi familia. Unas profusas goteras estaban afectando su piso. Efectivamente, venía del mío. Todo el suelo estaba anegado. Probablemente el calentador del agua reventó por la mañana, después de que yo me fuera a trabajar.
Esta vez, la casa no quedó destruida, pero sí que tuve que pasar un par de días sufriendo el frío invierno madrileño sin calefacción.
La maldición me persiguió hasta Nairobi. Ya debí imaginármelo después de sufrir una gotera en el avión. Era mi primer día en mi nueva casa. Mi compañera de piso, Stella – una keniana que trabaja en FAO Somalia – estaba en trabajando en su oficina en el complejo de la ONU. Yo desarrollaba mis labores en mi habitación. Ese día tenía las pilas puestas y no me moví ni para hacerme un café. A eso de las 18.00 decidí que debía hacer algo de compra antes de que cerraran las tiendas. Al fin y al cabo, no iba a estar comiendo la comida de Stella.
Fue entonces cuando abrí la puerta y pude observar cómo un río que salía del lavabo bajaba por las escaleras inundando toda la casa. Lo único que se salvó fue mi habitación. El calentador del agua había reventado. Llamé a Stella para informarla y salí volando para pedir la ayuda de Moses, el portero y guardia de seguridad de la comunidad de vecinos (aquí llamado askari). A él se le sumaron Simuyu, el askari nocturno y Hellen, la chica que viene a limpiar todos los miércoles.
Entre los cuatro pasamos la tarde empapando diversas toallas para achicar el agua. Cerramos todas las llaves de paso y abrimos todos los grifos. Pero la fisura del calentador estaba en la parte baja, por lo que hubo que combatir la inundación hasta que se vació totalmente.
Al día siguiente llegó el fontanero, que se tomó su trabajo con parsimonia y, hasta casi una semana después, no pude darme una ducha. Acabé yendo a visitar a un amigo al que hacía mucho que no veía en su casa. Antes siquiera de darle un abrazo, le pedí una ducha.
Así las cosas, espero que nadie se asuste y no se atreva a compartir piso conmigo en un futuro. Soy un tipo aseado y tranquilo. Además, una pequeña inundación une mucho y genera buenas anécdotas. Lo digo por experiencia.




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¡Nacho! Ja me imaginaba que siempre habías querido tener una casa con piscina, ¡pero esto ya es pasarse! XD
Jajjjaja! Cierto!! Por echar de menos vivir en un lugar junto al agua, el agua viene a ti! Recuerda que en invierno de 2007 se inundo tb tu casa de bcn!
Cierto. Al final Roma va a ser la única ciudad en la que no inundé nada! Habrá que volver para arreglarlo!
jaja! exacto! buena idea!
X cierto! Al final cenaste la comida de Stella?!
Esa noche no cené!
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