Capítulo 21: Patiño

Parte de la dotación del Patiño

Parte de la dotación del Patiño

Todo empezó a las malsanas 06.00 de la mañana, una hora que – aunque el lector no lo crea – hay gente que considera normal para levantarse. Tenía que ir desde mi casa hasta el centro de la ciudad, al hotel Hilton de Nairobi.

Allí nos concentramos varios periodistas. La mayoría eran somalíes, además de algún que otro keniano. Españoles éramos tres: Eduardo S. Molano, José Miguel Calatayud y yo mismo.

Nos recibió el mayor Quentin Oates, un australiano reciclado en el ejército británico. Él era el encargado de que todos los reporteros nos portáramos bien y no nos desmandáramos. Cuando nos tuvo a todos juntos en el autocar, subió e hizo una de las cosas que, de acuerdo con mi poca experiencia, más les gusta a los militares: los “briefings”.

La idea era ir hasta el puerto de Mombasa para acudir a una recepción que la comandancia de la operación europea contra la piratería en el Índico (Atalanta). El turno del mando español estaba a punto de acabarse y el contralmirante Jorge Manso tuvo a bien invitarnos a todos al buque de aprovisionamiento de combate Patiño para mostrarnos las delicias de su trabajo.

Hasta allí todo bien. Tenía la posibilidad de acercarme a la costa. No iba a tener oportunidad de bañarme, pero al menos podría sentir la sal del mar en la piel. Además estaría de visita en un buque de la armada española, algo que despertaba en mí cierta ilusión y patriotismo infantil. Lo que no sabía era que el viaje acabaría siendo de 11 horas, parando cada dos por tres para que mis colegas africanos pudieran comprar chucherías y, en una ocasión, para que aquellos que profesaran la fe musulmana pudieran rezar en una mezquita. Nadie entró ni oró, pero igualmente paramos.

No sé si fue un intento de agradarnos, pero en lugar de machacarnos todo el trayecto con música local, que no me desagrada, el conductor creyó apropiado poner algo de música occidental. Me sometieron a los grandes éxitos de los Backstreet Boys durante más horas de las que una persona cuerda puede soportar.

Por fin llegamos al hotel Beaumont (muy muy muy lejos del puerto). Por alguna escandalosa razón que ignoro, pero que seguro que es para llevarse las manos a la cabeza, se decidió que las habitaciones de los periodistas somalíes y kenianos iban a correr por cuenta de los bolsillos europeos, mientras que a los españoles nos iba a tocar pagarla, en el entendido de que pertenecemos a medios poderosos. Alguien debería explicarles qué significa el concepto ‘free-lance’.

Pero, la verdad sea dicha, al final no nos hicieron pagar. Así que tuve que descartar las críticas que rondaban por mi cabeza. Eso sí, a mí me dieron una habitación muy cutre, mientras que la de los demás al menos tenía aire acondicionado. Pero me gusta quejarme. Tampoco fue muy duro.

Lo terrible, inconcebible, escandaloso e – incluso – sacrílego, fue lo de la hora de levantarnos al día siguiente. Las 05.00 de la mañana. Una hora que, con toda sinceridad, no tenía ni idea de que existiera. Por si fuera poco, alguien tuvo la genial idea de ordenar que nos despertaran a las 04.45. Quince minutos que son la vida. Un cuarto de hora que me robaron de descanso. Un tiempo que era mío y me robaron. Un momento de intimidad con mi almohada que fue violado. ¡Malditos!

A partir de ahí, la verdad es que todo fue bien. Tardamos más de una hora en que nos dejaran cruzar al puerto, pero nos dio la oportunidad de pasar un rato de parleta sanamente insulsa.

El recibimiento fue muy agradable. Los soldados nos ofrecieron una calurosa bienvenida. El capitán del barco, Enrique Cubeiro, tuvo el detalle de atendernos a los españoles durante un buen rato. Nos contaba con emoción cómo se enfrentaron a los piratas hacía dos meses. Mientras se apoyaba en el esquife que capturaron. Una embarcación que se antojaba ridícula y diminuta comparada con el Patiño. Por lo visto, en el pequeño tamaño radica una de las ventajas de los piratas. Claro que lanzarse con un esquife cutre, algunas AK47 y unos RPG contra un señor barco militar se me sigue antojando muy idiota.

Pero lo importante de ese viaje, el motivo de mis madrugones y mi infierno en un autobús en el que no se va sentado sino botando tenían un solo objetivo: disfrutar de la comida. Nada más llegar, nos ofrecieron un café de máquina. Di gracias a Dios. No sé por qué, pero a pesar de que Kenia produce un café fantástico, en todas partes te dan esa cutrez contra la que mantengo una cruzada que han dado en llamar café soluble. El del Patiño era un buen café.

Por desgracia, a la hora de la esperada comida, estaba entrevistando al contralmirante Manso. En los apenas 10 minutos en los que estuve con él, voló toda la tortilla de patatas. Aún me estoy golpeando la cabeza y gritando al cielo, maldiciendo mi mala fortuna.

Tendré que volver a otra recepción. ¡Quiero comer bien por una vez!

«El compromiso de España con ‘Atalanta’ es total»

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3 pensamientos en “Capítulo 21: Patiño

  1. x cierto! a mí las 6 de la mañana sí me parece una buena hora para levantarse! a quien madruga… Dios le ayuda!
    Pero aprovecha xq cuando tengas hijos… no volverás a usar el despertador y darás las gracias si te levantas a las 5 y no a las 4!!!!

  2. Pingback: Patiño | El mundo no es lo que era

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