Capítulo 23: Juba y los fantasmas del pasado

Juba, Sudán del Sur

El cielo se antoja aún más infinito si se observa desde las calles de Juba. La baja altura de sus edificios logra una sensación acorde con el espíritu de sus ciudadanos que, desde hace unos meses, pueden decir que son sursudaneses, independientes. Puede que esta sea la capital del país más nuevo del mundo, pero aquí nada brilla. Cada casa, cada chabola, cada esquina está cargada con la herrumbre de un pasado sangriento que trae a la memoria recuerdos que es mejor olvidar.

La capital de Sudán del Sur no mira al futuro, ni al Nilo Blanco que siempre le acompaña. Mira al cielo, esperando a que llegue el milagro del desarrollo se deje caer y, de cuando en cuando, echa la vista atrás, temerosa de que vuelva la muerte desde el vecino del norte, Sudán.

Entretanto, los pequeños negocios, muy humildes, florecen orillando las calles. Estructuras débiles llenas de productos hacen las veces de tienda. Los comerciantes no asaltan a los viandantes mientras esquivan la basura, sino que esperan pacientemente, sentados a la sombra si hay alguna, y espantan con la mano a unas moscas muy torpes y lentas. Su reclamo es su género y una sonrisa al potencial cliente. Puede que necesites comida, un zapatero, tabaco o algún cable. El comprador ya tomará la iniciativa.

Juba.Sudán del SurLo que más la distingue de las vecinas capitales africanas es su tráfico fluido. Los grandes todo terrenos comparten el asfalto con las motocicletas y los triciclos sin congestionar la ciudad. Sólo existen los atascos, y de los buenos, a las entradas de las pocas gasolineras que ofrecen su producto a un precio exorbitante.

En el aire se respira la extraña sensación de trasladarse a una suerte de lejano oeste americano en pleno continente africano. La ley está allí, pero se antoja bastante flexible. Como en la vieja Tejas, Juba se antoja una tierra de oportunidades. Y cada vez más gente llega para aprovecharlas. Son sursudaneses expatriados, africanos de los países circundantes y, por supuesto, blancos de diferentes ONG, ONU y todo tipo de compañías que tratan de hacerse con el mercado de un país virtualmente en bancarrota. Entre todos intentan de hacer de la ciudad una capital como Dios manda. “Antes podías escuchar disparos. Ahora es mucho más seguro, sobre todo desde que el Gobierno (el nuevo) desarmó a la gente”, cuenta Henry Mkenya – un periodista de Nairobi que llegó a la capital sursudanesa en 2009 en busca de oportunidades – mientras espera a que el general Mac Paul del SPLA (el ejército de Sudán del Sur) compruebe unas cintas que ha grabado. Esa misma noche, en el centro de la ciudad, dos tipos la emprendieron a tiros tras una acalorada discusión acerca del ruido que hacía un generador eléctrico.

A pesar de algunos episodios, rémoras de un mal recuerdo, los habitantes se liberan poco a poco del pasado. “Me fui con mis padres a Uganda. Allí viví hasta la independencia. Huimos por miedo. Ahora las cosas son mucho mejores”, explica Steve mientras conduce su ‘boda’ (moto taxi) esquivando a los numerosos Toyota Land Cruiser que han invadido la ciudad.

Todo en Juba gira alrededor de crear un nuevo país sin apenas capacidad para explotar sus más que respetables recursos. Y, para lograrlo, “lo primero es proporcionar seguridad a todos y a sus propiedades”, explica el viceministro de información Atem Yak Atem. “No hemos podido ofrecer seguridad desde el tratado (con Sudán)”, añade el político.

La poca seguridad que aquí se ofrece sigue siendo cara. Pasar una noche en un hotel que garantice alejar al cliente de cualquier peligro cuesta, como mínimo, 100 dólares. Sin lujos, pero con conexión a internet y guardas. Poco importa que sea un moridero de moscas o que a las 11 de la mañana se dediquen a bombear todos los deshechos y obsequien al cliente con un fuerte olor a heces. Después de todo, el miedo sigue presente. Tal vez ya no esté justificado, pero los viejos temores son los más difíciles de borrar.

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Capítulo 22: El africano carpetero

Existe una subespecie humana, una digresión genética del hombre, una degeneración evolutiva del ser humano. Como otros seres vivos en la naturaleza, pasaan por un período de capullo antes de manifestarse en su forma final (de auténticos idiotas).

Durante el período de desarrollo no suelen alejarse mucho de la zona donde nacieron, generalmente en Europa, y pasan algo desapercibidos, confundidos entre las personas de verdad. Al menos hasta que abren la boca. Es entonces cuando sus congéneres lo detectan como lo que son. Incluso pueden detectar si se trata de sólo un poco o un pedazo de capullo en función del tamaño de las animaladas que diga.

El “africano carpetero”, también conocido en algunos círculos como el “oenegero veraniego”, se siente solo cuando es detectado. Su incapacidad intelectual, prácticamente nula, le lleva a refugiarse en lugares comunes. Es habitual escucharlos diciendo que han leído el Ulises de James Joyce (¡Mentira!) o que han entendido y les ha gustado la película 2001: Una odisea en el espacio (¡Falso de toda falsedad! ¡Esa peli es un pestiño!). También tienden a procurar pasar por intelectuales, gente de mentalidad abierta cuando lo que tienen es -en realidad- una “tabula rasa”, concepto latino aplicado a la idiocia más profunda.

Para culminar su propio desarrollo, abandonar la base de capullo para convertirse en un flamante retrasado mental con tintes racistas, el “africano carpetero” hace lo que la primera parte de su nombre indica: viaja a África. No crea el respetado lector que pretende instalarse allí. Nada más lejos de la realidad. En realidad pretende estar dos o tres semanas.

Durante ese tiempo, entre noches de hotel o campamentos, dedican su tiempo a buscar niños negros con los que fotografiarse. En ese momento comienza una competición a ver quién encuentra al niño perfecto, algo muy complicado. Debe estar enfermo, malnutrido si es posible. Y tiene que ser de un negro muy oscuro. Pero no puede ser ni demasiado feo ni muy guapo. En cualquiera de los extremos, el africano carpetero fracasaría en su objetivo y la decepción le podría llevar a quitarsre la propia vida (no caerá esa breba).

Una vez hechas las fotografías, el “africano carpetero” vuelve a Europa feliz, convencido de que su aportación a África ha sido indispensable. Parece incapaz de darse cuenta de que, en realidad, un inútil en occidente es igual de inútil en el resto del mundo. Pero ellos no, ellos sienten que han llenado de alegría y posibilidades de futuro a unos niños. La razón por las que son incapaces de reconocer su error es su profundo racismo, fuertemente arraigado, que les lleva a sentirse superiores gracias al cromatismo.

Sin embargo, esta especie antropoforme nunca reconoce este último punto. Al contrario. Al volver de África ya se ha desarrollado por completo y se ha convertido (además de en un giliflauta) en un verdadero hipócrita. Gracias a sus 14 días alejados de casa, se consideran unos verdaderos expertos acerca de el mundo del Otro (aunque no sepan el nombre del país donde han estado o cuál es la razón por la que he escrito “Otro” con mayúscula).

A partir de su vuelta su vocabulario se limita a una serie de frases extremadamente cursis, tontas y que, para el oído avezado, encierran un doble sentido. A continuación, ofrezco al lector la traducción de algunas de las frases más habituales:

“África te cambia” – He pasado de capullo a imbécil.
“Mi piel es blanca, pero mi corazón es negro” – Soy tan racista que estoy podrido por dentro.
“Esa tierra tiene una magia especial… No sé… Es mágico” – Donde fui no había mucha cobertura y no soy capaz de conservar la concordancia de género durante tres frases seguidas.
“Si vas a África, te enamorarás de ella” – Yo molo más que tú porque he estado en África.
“Es todo mucho más sencillo, más espiritual” – No todos los africano tienen “smartphones”.
“Me he encontrado a mí mismo” – En África también hay espejos.

Lo más sorprendente de este subgénero es la segunda parte de su nombre, “carpetero”. El término se refiere al elemento que les distinguirá el resto de sus días. Un artículo  que llevrá a gala con orgullo infundado. Una carpeta. Pero no una cualquiera. Nada de eso. Ellos han estado en África y, por ello, se consideran mejores. Se trata de una carpeta forrada a modo de trofeo, como el pavo que muestra su plumaje, con las fotografías en las que el susodicho aparece sonriendo, con cara de bueno, junto a niños que se estén muriendo.

El “africano carpetero” paseará su careta por todas partes, tratando de que todos la vean, pero que no se note su desesperada necesidad de que alguien les pregunte sobre su experiencia, ávidos por encontrar la aceptación de los que le rodean.

Pero debo ser justo. Existen otras variaciones de esta misma especie. Recuerdo que, en un viaje a Méjico, pude presenciar en directo la metamorfosis del “americano carpetero”. Allí había un grupito de occidentales, en pie con los brazos en cruz y los ojos cerrados, a los pies de un zigurat. Un espabilado había subido por ella y, desde arriba, se dedicaba a soplar por un cuerno enorme. Tras varios minutos quietos, en la misma posición, los “americano carpeteros” gritaron de asombro al interpretar que una presencia espiritual provocaba un cosquilleo en la punta de los dedos. Algo que todos sentían. Nadie se atrevió a sacarlos de su engaño y explicarles que era cosa de la circulación sanguínea.

Eso sí, la verdad sea dicha, es importante no confundir al “africano carpetero” con el voluntario útil, verdaderos profesionales que dedican su tiempo a proyectos serios y bien planeados que realmente marcan alguna diferencia. Conozco a algunos de ellos. También a muchos de los otros.

Capítulo 21: Patiño

Parte de la dotación del Patiño

Parte de la dotación del Patiño

Todo empezó a las malsanas 06.00 de la mañana, una hora que – aunque el lector no lo crea – hay gente que considera normal para levantarse. Tenía que ir desde mi casa hasta el centro de la ciudad, al hotel Hilton de Nairobi.

Allí nos concentramos varios periodistas. La mayoría eran somalíes, además de algún que otro keniano. Españoles éramos tres: Eduardo S. Molano, José Miguel Calatayud y yo mismo.

Nos recibió el mayor Quentin Oates, un australiano reciclado en el ejército británico. Él era el encargado de que todos los reporteros nos portáramos bien y no nos desmandáramos. Cuando nos tuvo a todos juntos en el autocar, subió e hizo una de las cosas que, de acuerdo con mi poca experiencia, más les gusta a los militares: los “briefings”.

La idea era ir hasta el puerto de Mombasa para acudir a una recepción que la comandancia de la operación europea contra la piratería en el Índico (Atalanta). El turno del mando español estaba a punto de acabarse y el contralmirante Jorge Manso tuvo a bien invitarnos a todos al buque de aprovisionamiento de combate Patiño para mostrarnos las delicias de su trabajo.

Hasta allí todo bien. Tenía la posibilidad de acercarme a la costa. No iba a tener oportunidad de bañarme, pero al menos podría sentir la sal del mar en la piel. Además estaría de visita en un buque de la armada española, algo que despertaba en mí cierta ilusión y patriotismo infantil. Lo que no sabía era que el viaje acabaría siendo de 11 horas, parando cada dos por tres para que mis colegas africanos pudieran comprar chucherías y, en una ocasión, para que aquellos que profesaran la fe musulmana pudieran rezar en una mezquita. Nadie entró ni oró, pero igualmente paramos.

No sé si fue un intento de agradarnos, pero en lugar de machacarnos todo el trayecto con música local, que no me desagrada, el conductor creyó apropiado poner algo de música occidental. Me sometieron a los grandes éxitos de los Backstreet Boys durante más horas de las que una persona cuerda puede soportar.

Por fin llegamos al hotel Beaumont (muy muy muy lejos del puerto). Por alguna escandalosa razón que ignoro, pero que seguro que es para llevarse las manos a la cabeza, se decidió que las habitaciones de los periodistas somalíes y kenianos iban a correr por cuenta de los bolsillos europeos, mientras que a los españoles nos iba a tocar pagarla, en el entendido de que pertenecemos a medios poderosos. Alguien debería explicarles qué significa el concepto ‘free-lance’.

Pero, la verdad sea dicha, al final no nos hicieron pagar. Así que tuve que descartar las críticas que rondaban por mi cabeza. Eso sí, a mí me dieron una habitación muy cutre, mientras que la de los demás al menos tenía aire acondicionado. Pero me gusta quejarme. Tampoco fue muy duro.

Lo terrible, inconcebible, escandaloso e – incluso – sacrílego, fue lo de la hora de levantarnos al día siguiente. Las 05.00 de la mañana. Una hora que, con toda sinceridad, no tenía ni idea de que existiera. Por si fuera poco, alguien tuvo la genial idea de ordenar que nos despertaran a las 04.45. Quince minutos que son la vida. Un cuarto de hora que me robaron de descanso. Un tiempo que era mío y me robaron. Un momento de intimidad con mi almohada que fue violado. ¡Malditos!

A partir de ahí, la verdad es que todo fue bien. Tardamos más de una hora en que nos dejaran cruzar al puerto, pero nos dio la oportunidad de pasar un rato de parleta sanamente insulsa.

El recibimiento fue muy agradable. Los soldados nos ofrecieron una calurosa bienvenida. El capitán del barco, Enrique Cubeiro, tuvo el detalle de atendernos a los españoles durante un buen rato. Nos contaba con emoción cómo se enfrentaron a los piratas hacía dos meses. Mientras se apoyaba en el esquife que capturaron. Una embarcación que se antojaba ridícula y diminuta comparada con el Patiño. Por lo visto, en el pequeño tamaño radica una de las ventajas de los piratas. Claro que lanzarse con un esquife cutre, algunas AK47 y unos RPG contra un señor barco militar se me sigue antojando muy idiota.

Pero lo importante de ese viaje, el motivo de mis madrugones y mi infierno en un autobús en el que no se va sentado sino botando tenían un solo objetivo: disfrutar de la comida. Nada más llegar, nos ofrecieron un café de máquina. Di gracias a Dios. No sé por qué, pero a pesar de que Kenia produce un café fantástico, en todas partes te dan esa cutrez contra la que mantengo una cruzada que han dado en llamar café soluble. El del Patiño era un buen café.

Por desgracia, a la hora de la esperada comida, estaba entrevistando al contralmirante Manso. En los apenas 10 minutos en los que estuve con él, voló toda la tortilla de patatas. Aún me estoy golpeando la cabeza y gritando al cielo, maldiciendo mi mala fortuna.

Tendré que volver a otra recepción. ¡Quiero comer bien por una vez!

«El compromiso de España con ‘Atalanta’ es total»

Capítulo 20: Nairobery

dadaab, kenya

Uno de tantos móviles que he tenido en dos semanas

Algunos dicen que Nairobi es una especie de paraíso para ladrones y malhechores de distinto pelaje. Fuera de la capital keniana es habitual escuchar el concepto. “Nairobery” para referise a la ciudad.

Yo creía que se trataba de una exageración. Y lo mantengo, pero con menos argumentos. Principalmente porque, en dos semanas, me han desaparecido cuatro móviles y una cartera.

Hasta entonces, los únicos que me intentaron robar fueron algunos policías. No es un gran problema. Al fin y al cabo, te puedes negar a darles nada y – lo más probable – es que se marchen y punto. Lo peor que puede pasar es que te lleven a comisaría con cualquier excusa y, allí, te hagan perder el tiempo.

Pero hace un par de semanas, viví una noche para olvidar. Nos juntamos unos cuantos amigos para cenar en una casa y, de ahí, ir a tomar unas copas a la discoteca “Galileo”. Todo comenzó en el taxi. El que se había puesto en el asiento de delante estaba consultando algo en su móvil cuando un tipo metió la mano por la ventana y, con un rápido movimiento, se hizo con el aparato y se marchó corriendo.

Una vez en el club, pasé el rato entre el baile y las furtivas miradas a un partido de fútbol. En un momento, me entró la curiosidad y quise ver si tenía alguna llamada. Resultó que, porno tener, no tenía ni móvil.

Pero nosotros dos no fuimos las únicas víctimas esa noche. Si no recuerdo mal, llegamos a ser cinco. A un par les robaron directamente el bolso, con todos los documentos dentro.

Al día siguiente fui a la tienda de Safaricom para obtener una copia de la tarjeta SIM y otro móvil. Después estuve paseando en busca de los taxistas de la zona que me hacen buenos precios para volver a tener sus números.

Pasó el tiempo y un amigo español me invitó a cenar. Decidí acercame a su casa en taxi. El tráfico era horrible. Me tiré hasta una hora parado. Finalmente, a diez segundos de la puerta de la casa de mi amigo, decidí bajarme allí mismo y cubrir la corta distancia a pie. Estaba oscuro, pero no eran ni las 20.00, por lo que consideré seguro andar. Me equivocaba.

Frente a mí, un tipo tropezó y me dispuse a ayudarlo. Imagino que como agradecimiento, otro tipo se fundió conmigo en un abrazo a la altura del cuello. Después de tan grato gesto, me encontré sin móviles (el malo y el bueno) y sin cartera, así que me vi obligado a incurrir en el peor pecado que un catalán puede cometer: endeudarse.

Y vuelta a la tienda de Safaricom para pedir copia de las tarjetas SIM. Esta vez, dos. Las dependientas ya me miraban con una sonrisa.

Mis amigos se reían de mí. Pero aún quedaba por reír el último, es decir, que volverían a hacer chanza sobre mis repetidos infortunios.

Diani, en primera línea de mar

Varios expatriados decidimos apuntarnos a una fiesta en la playa de Diani. Nunca había estado en el océano Índico, así que me animé. Además, echaba mucho de menos el mar. Quería dejar, aunque fuera por un par de días, mis preocupaciones atrás. Sonaba en mi cabeza la canción “Al mar” de Manel. El sol me quemaba la piel y, al caer el sol, era el momento de salir. La primera noche sobreviví con dignidad, pero la segunda…

Estaba cansado, pero eso no me pareció excusa para darme de baja. Aposté por ir echando cabezadas en los momentos bajos de la noche. En una de esas, perdí el móvil. No sé si fue en el taxi o cuando me tumbé en la arena. Esta vez no creo que me lo robaran. Pero, para el caso, la situación fue la misma.

Llegado a Nairobi, de nuevo hice una visita a la tienda de Safaricom. A esas alturas, ya podía saludar a todos por su nombre. Es mi grupo de amigos de Safaricom. Algún día me iré de copas con ellos.

Capítulo 19: Abla, testimonio de la miseria

dadaab, kenya

No es más que piel, huesos y unos ojos negros enormes que ya no saben llorar

“No teníamos comida. Nada. Por eso tuvimos que huir de nuestro pueblo”. Así justifica Abla Ibrahim Abdi, una joven de 21 años, el éxodo que ella y su familia vivieron para ir desde la localidad de Bargeden, Somalia, hasta el campo de refugiados de Dadaab.

Aunque vive en el campamento de Ifo 2, está en el hospital del sector de Dagahaley. Allí deja que los voluntarios de Médicos sin Fronteras (MSF) traten la malnutrición de su segundo hijo, que descansa desnudo sobre su regazo. Es una criatura que no llega al año. No es más que piel, huesos y unos ojos negros enormes que ya no saben llorar. Miran sin curiosidad, sólo tienen un objetivo: encontrar algo de comer. Abla interrumpe la entrevista varias veces para darle el pecho. Mi traductor se olvida de mí de vez en cuando para acercar una taza de plástico llena de agua a los labios del niño. Tiene cariño. Nada más.

Su madre es una mujer hermosa con una mirada que refleja el cansancio de vivir una vida sin futuro. Su expresión contrasta con la alegría de su ropa, un traje amarillo que la hace destacar en la oscuridad de la sala del hospital.

dadaab, kenya

Abla con su hijo

“En Somalia éramos pastores, pero todos nuestros animales murieron de sed por la sequía”, cuenta Abla. Antes de dejar que la muerte les alcanzara también a ellos, su familia decidió emprender la marcha hacia una tierra prometida de polvo y miseria: el campo de refugiados de Dadaab. “Tardamos en llegar aquí 20 días viajando a pie. No teníamos comida. Llegamos a pasar dos días sin llevarnos nada a la boca. Incluso el agua era un problema”, recuerda.

“Al menos aquí tenemos algo de agua. Antes solíamos recibir suficiente comida del Programa Mundial de Alimentos (WFP, por sus siglas en inglés), pero ahora se ha reducido. No sé cuál es el motivo. Tal vez alguien esté robando comida” se lamenta Abla.

La refugiada llegó hace cinco meses, pocas semanas antes del secuestro de Montserrat Serra y Blanca Thiebaut, las cooperantes españolas de MSF que fueron secuestradas en Ifo 2 en octubre de 2011. A causa del terrible suceso, la ONG decidió retirarse de este sector en particular. Como consecuencia, los fantasmas del horror encontraron vía libre para acechar al medio millón de personas que, como Abla, habitan el campo de refugiados de Dadaab, daños colaterales de un rincón del mundo olvidado.

“El secuestro nos afectó a todos. Nos quedamos sin servicios sanitarios. Además hay mucha inseguridad. Tenemos miedo. Incluso de las operaciones del Gobierno”, admite la refugiada. No es la única que habla de esto. En el campo de Ifo 2 la queja es generalizada. Cuentan historias de violaciones, que ocurren cuando las mujeres salen a las inmediaciones del asentamiento para buscar leña con la que cocinar. También afirman que, con la caída del sol (alrededor de las 18:30), llegan  los ladrones. “Vienen bandidos por la noche y roban comida”, comenta Abla.

Sin embargo, entre la miseria, esta joven madre, que vive entre el polvo y la arena, víctima del hambre y la guerra, encuentra palabras de optimismo. “Últimamente la cosa está mejorando. Ya no recibimos palizas por parte de la policía. Tampoco hay más explosiones”, dice.

Abla no lo sabe, pero MSF está estudiando cómo volver a Ifo 2, a pesar de que se supone que la Cruz Roja keniana los ha sustituido. Tal vez, con su vuelta, llegue más comida, más seguridad. Pero Dadaab seguirá siendo el vertedero de las sobras de una guerra mientras Somalia siga siendo tierra de muerte.

“Quiero volver a Somalia, es mi país. Pero no puedo hacerlo hasta que no haya paz”, dice la refugiada.

El vacío de Dadaab (Prensa) / (TV)

Capítulo 18: A Somalia… con Listerine

Somalia, Tabda

Un soldado controla la ciudad de Tabda, Somalia

¿Qué te llevarías a Somalia? En mi caso lo tenía muy claro: Listerine. Hacía tres días que andaba con una perversa muela del juicio asomando que, con la peor de las intenciones, había decidido infectarme el paladar. Amadou tenía razón, la dentadura hay que cuidarla.

Con mi evento bucal apareció una noticia. Después de varios días persiguiéndolos, el ejército de Kenia me llamó para invitarme a un viaje por la región de Somalia central, donde lleva a cabo la operación “Linda Nchi” (“Protege a tu país” en Suahili) en su guerra particular contra los terroristas musulmanes de Al Shabaab.

Obviamente, acepté. Tuve que trasladar un par de días mi viaje a Dadaab , a pesar de que ya tenía todo preparado para hacer el reportaje.

Todo empezó a las cinco de la mañana. Desde el aeródromo militar de Nairobi nos iban a llevar hasta Garissa, la última ciudad importante de Kenia antes de la frontera somalí. Allí nos esperaba un helicóptero que nos llevaría hasta Liboi, el campamento base del ejército keniano desde donde se coordinan las operaciones en el sector de Somalia central.

Pero -¡claro!- algo tenía que fallar. Había sólo un helicóptero y no cabíamos todos. Pero a ver quién era el guapo que iba a estar dispuesto a quedarse en el segundo grupo de vuelo y, tal vez, perderse algo. Ante la falta absoluta de voluntarios para sacrificarse, el capitán Mwanga (que lo había organizado todo) decidió quién se quedaba en tierra y quién volaba. A mí me tocó quedarme en tierra.

Para aprovechar el tiempo, a los que esperábamos en Garissa nos llevaron al hotel Nomad, donde se suponía que pasaríamos la noche. Allí hicimos el ‘chek-in’ y aprovechamos para esperar tomando un café, mientras nuestros compañeros del primer grupo hacían lo propio bajo un sol inclemente en Liboi, sin un triste bar al que poder acudir.

Seguimos esperando.

Esperamos un poco más y llegó el helicóptero y nos juntaron a todos en Liboi. Allí, el brigadier Ondieki nos ofreció el primero de muchos ‘briefings’, como lo llaman ellos, sobre las bendiciones de su labor en Somalia. Al acabar su discurso, llegó el turno de las preguntas. Tal vez fue por venganza de los retrasos o el calor al que nos veíamos sometidos, pero la gente de televisión ordenó al militar situarse a pleno sol, fuera de la tienda donde estábamos. Pero el soldado no se puede quejar, ya que muchos acabaron arrodillados ante él. Poco importa que fuese para dejar vía libre a las cámaras. La cuestión es mostrar el respeto debido.

Muchos acabaron arrodillados ante él

De cara a nuestra primera incursión a Somalia, me dediqué a darle pena al capitán Mwanga, diciéndole que a mí me había impuesto quedarme en el segundo grupo antes y que no era justo que lo hiciese de nuevo. Le convencí y me colé en el primer viaje.

Llegamos a Tabda, donde nos peleábamos por conseguir los servicios del único que podía hacernos de traductor, un periodista somalí que trabaja para algunos medios internacionales. Los soldados hacían verdaderos esfuerzos para mantenernos juntos y que no nos fuéramos por libre.

Volvimos a Liboi. Allí nos sentamos en una mesa. Los de televisión sacaron sus ordenadores y comenzaron a volcar las imágenes y a editarlas. Los de papel, más humildes, se dedicaron a repasar sus notas. Los fotógrafos se tiraron al suelo para dormir.

Escuchamos al helicóptero acercarse con el segundo grupo. Pero, en lugar de pararse, pasó de largo para dejarlos a ellos primero en Garissa.

Esperamos.

Seguimos esperando.

Esperamos un poco más y llegó un soldado con noticias. El helicóptero se había roto y ya era de noche. No consideraron seguro llevarnos hasta Garissa por tierra (teniendo en cuenta que son más de tres horas en la oscuridad más absoluta). Así que nos quedábamos allí.

No habíamos comido nada desde el desayuno. Yo devoré un curasán que me había comprado esa mañana.

Esperamos.

Seguimos esperando.

Esperamos un poco más y nos llevaron a cenar. Ugali y carne. Se me antojaron deliciosos. Nadie tuvo ningún miramiento en llenarse el plato. Nos importó más bien poco dejar sin comida a algún miembro del ejército. En aquél momento no nos caían precisamente bien. Acabamos la comida. Repetimos hasta que las cacerolas quedaron limpias como una patena. ¡A saber si nos iban a dar desayuno o comida al día siguiente!

Ya cenados, esperamos.

Seguimos esperando.

Por fin, nos llevaron hasta nuestras tiendas de campaña

Esperamos un poco más mirando al cielo con más estrellas que recuerdo. Por fin, nos llevaron hasta nuestras tiendas de campaña, donde nos alojaríamos esa noche. Todos nos metimos en nuestras camas, agotados.

A eso de las cuatro de la mañana me despertaron los horribles ronquidos de alguno de mis compañeros de tienda. No eran constantes. Tampoco parecían humanos. En un momento dado me levanté preocupado. El roncador parecía tener un verdadero problema. Fue entonces cuando escuché ruido de cascos. No eran ronquidos, sino rebuznos de los burros que campan a sus anchas por el campamento militar.

Después de una buena ducha fría para combatir los casi 40 grados de temperatura y de utilizar las letrinas con el mayor cuidado posible, constaté con alegría que nos habían preparado desayuno. Después de llenarme todo lo posible, me convertí en un tipo bastante popular. Era el único con pasta de dientes y, sobre todo, Listerine. Me salió más de un amigo inesperado, que andaba desesperado por la sensación de tener la boca limpia. Repartí el líquido y esperé.

Seguí esperando.

Esperé un poco más y decidí limpiar mi camiseta y, ya de paso, ponérmela totalmente mojada para, así, estar fresquito el mayor tiempo posible. Poco después nos llevaron hasta la pista de aterrizaje del campamento. Allí estaban los del segundo grupo, con las cosas que me había dejado en el hotel de Garissa. Juntos, fuimos en un convoy hasta Dobley, una localidad no muy alejada de la frontera.

Se colocaban a otear el horizonte, en busca de una posible amenaza

En el camino, los vehículos paraban de vez en cuando. Los soldados saltaban al suelo y, en perfecta coordinación, se colocaban a otear el horizonte, en busca de una posible amenaza. Detrás suyo, a su lado, delante estaban todos los cámaras, a ver si captaban alguna buena imagen.

Después de pasar menos tiempo del que nos hubiera gustado por ahí, nos metieron de nuevo en el avión. Directos a Nairobi en una máquina vieja, ruidosa y en la que hacía mucho calor. Esperamos.

Seguimos esperando.

Esperamos un poco más y, por fin, llegamos a la capital keniana. En ese momento todos se dispersaron. Las prisas no eran para mandar la historia. Eran para comerse una buena hamburguesa.

Capítulo 17: Bailar… ¿pegados?

Una de las canciones que suenan en la noche de Nairobi

Sergio Dalma lo decía: “Bailar de lejos no es bailar”. Los kenianos parecen haber tomado buena nota de ello. Pero, al mismo tiempo, da la sensación de que tuvieron un problema en la traducción de “bailar pegados es bailar”, porque más que pegarse se acoplan.

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Yo siempre había sido el típico españolito de brazo izquierdo en la barra y mano derecha aguantando el vaso. De esos que sólo bailan cuando pueden tener a una mujer entre los brazos. Mi paso por Madrid hizo de mí un tipo más animado, pero – como la mayoría de mis compatriotas – seguí sin bailar solo. Lo que hacemos es dar botes al estilo del norte de Europa. Es decir, levantar una mano mientras se pega un grito con la boca redonda, colgarnos del cuello del de nuestro lado o, incluso, hacer el “boxeador” (puños en alto, antebrazos juntos cubriendo una cabeza que mira al suelo y niega continuamente como si estuviera siguiendo algún ritmo).

En Kenia la cosa cambia. Me atrevo a poner en duda que todos los africanos sean buenos bailarines. No tengo ninguna duda de que tienen el ritmo en la sangre, pero de ahí a saber aprovecharlo según los cánones occidentales, hay un trecho. Aún no he visto en las noches de Nairobi a ninguna pareja bailando como lo hacen los de sangre latina: mano con mano y la otra sobre la cintura con ocasionales vueltas sobre sí misma por parte de ella.

Aquí no se agarran, se tocan e, incluso, se golpean. Los kenianos, somalíes, etíopes, tanzanos y todos los africanos que han hecho de Nairobi su hogar prefieren dejar que la música les posea y no aplicar ninguna norma sobre sus pasos. Se mueven espasmódicamente y, de vez en cuando, dan algún paso que esté de moda por algún videoclip reciente.

Que nadie se equivoque, no suelen bailar solos. Sí que tienen una pareja de baile, que tiende a cambiar cada diez segundos como si el compás de la música fuera el juego de las sillas. Optan por no perder el tiempo en la seducción que es el baile al que los españoles estamos acostumbrados. Ellos prefieren lanzarse a unos movimientos muy sexuales y evidentes, como si creyeran que la insinuación es inútil y tonta.

“Allá donde fueres, haz lo que vieres” que dice el refrán. Pero tampoco estoy yo dispuesto a hacer el ridículo intentando algo que no sé hacer. Así que me quedo en un punto medio aceptable, no hago demasiado el idiota, pero no llego a desmelenarme. El problema es qué haces cuando bailas con una mujer. En este mundo donde expatriados, africanos y prostitutas se mezclan, es difícil saber cuáles son los protocolos aceptables.

Obviamente, con una española – y mediterráneas en general – uno puede bailar tranquilo. No se malinterpretan gestos inocentes para nosotros como una mano en la cintura o en la barriga. Más complicado se vuelve todo cuando haces lo propio con una europea del norte. La mayoría se sorprende y, de su reacción, se pueden concluir fácilmente sus intenciones. En cualquier caso, serán extremas.

En el caso de las latinoamericanas, uno puede volver a la comodidad de las españolas. Sin embargo tienen una desventaja: su entrega. Resultan más apasionadas, tienden a bailar con mucha más pasión. Es ideal para divertirse, siempre que puedas estar mínimamente a la altura de tu pareja de baile. Sin embargo, si tus intenciones se acercan más a una flor y un libro por Sant Jordi (o menos románticas pero  igual de alejadas del baile), puede resultar muy confuso. En su entrega, uno pasa a ser un simple comparsa, un elemento necesario para la danza, pero igual de importante que un pedazo de baldosa.

En el caso de las kenianas, la cuestión es absolutamente contraria. Uno puede tocar casi donde sea, que se asume como parte del baile. Pero, al menos en mi caso, el ritmo no me posee del mismo modo. Necesito normas, algún paso concreto y previamente planeado. Me siento incapaz de abandonarme. Que nadie en España sienta lástima de mí: ninguno de nosotros es capaz de hacerlo totalmente. Y si alguien es capaz, suele hacer el payaso. Cada uno tiene sus límites. Lo mejor es asumirlo.

Pero, como nunca me escucho, jamás tengo en cuenta mis propias reflexiones. Así que mi comportamiento nocturno depende mucho de las circunstancias de la velada.