Capítulo 23: Juba y los fantasmas del pasado

Juba, Sudán del Sur

El cielo se antoja aún más infinito si se observa desde las calles de Juba. La baja altura de sus edificios logra una sensación acorde con el espíritu de sus ciudadanos que, desde hace unos meses, pueden decir que son sursudaneses, independientes. Puede que esta sea la capital del país más nuevo del mundo, pero aquí nada brilla. Cada casa, cada chabola, cada esquina está cargada con la herrumbre de un pasado sangriento que trae a la memoria recuerdos que es mejor olvidar.

La capital de Sudán del Sur no mira al futuro, ni al Nilo Blanco que siempre le acompaña. Mira al cielo, esperando a que llegue el milagro del desarrollo se deje caer y, de cuando en cuando, echa la vista atrás, temerosa de que vuelva la muerte desde el vecino del norte, Sudán.

Entretanto, los pequeños negocios, muy humildes, florecen orillando las calles. Estructuras débiles llenas de productos hacen las veces de tienda. Los comerciantes no asaltan a los viandantes mientras esquivan la basura, sino que esperan pacientemente, sentados a la sombra si hay alguna, y espantan con la mano a unas moscas muy torpes y lentas. Su reclamo es su género y una sonrisa al potencial cliente. Puede que necesites comida, un zapatero, tabaco o algún cable. El comprador ya tomará la iniciativa.

Juba.Sudán del SurLo que más la distingue de las vecinas capitales africanas es su tráfico fluido. Los grandes todo terrenos comparten el asfalto con las motocicletas y los triciclos sin congestionar la ciudad. Sólo existen los atascos, y de los buenos, a las entradas de las pocas gasolineras que ofrecen su producto a un precio exorbitante.

En el aire se respira la extraña sensación de trasladarse a una suerte de lejano oeste americano en pleno continente africano. La ley está allí, pero se antoja bastante flexible. Como en la vieja Tejas, Juba se antoja una tierra de oportunidades. Y cada vez más gente llega para aprovecharlas. Son sursudaneses expatriados, africanos de los países circundantes y, por supuesto, blancos de diferentes ONG, ONU y todo tipo de compañías que tratan de hacerse con el mercado de un país virtualmente en bancarrota. Entre todos intentan de hacer de la ciudad una capital como Dios manda. “Antes podías escuchar disparos. Ahora es mucho más seguro, sobre todo desde que el Gobierno (el nuevo) desarmó a la gente”, cuenta Henry Mkenya – un periodista de Nairobi que llegó a la capital sursudanesa en 2009 en busca de oportunidades – mientras espera a que el general Mac Paul del SPLA (el ejército de Sudán del Sur) compruebe unas cintas que ha grabado. Esa misma noche, en el centro de la ciudad, dos tipos la emprendieron a tiros tras una acalorada discusión acerca del ruido que hacía un generador eléctrico.

A pesar de algunos episodios, rémoras de un mal recuerdo, los habitantes se liberan poco a poco del pasado. “Me fui con mis padres a Uganda. Allí viví hasta la independencia. Huimos por miedo. Ahora las cosas son mucho mejores”, explica Steve mientras conduce su ‘boda’ (moto taxi) esquivando a los numerosos Toyota Land Cruiser que han invadido la ciudad.

Todo en Juba gira alrededor de crear un nuevo país sin apenas capacidad para explotar sus más que respetables recursos. Y, para lograrlo, “lo primero es proporcionar seguridad a todos y a sus propiedades”, explica el viceministro de información Atem Yak Atem. “No hemos podido ofrecer seguridad desde el tratado (con Sudán)”, añade el político.

La poca seguridad que aquí se ofrece sigue siendo cara. Pasar una noche en un hotel que garantice alejar al cliente de cualquier peligro cuesta, como mínimo, 100 dólares. Sin lujos, pero con conexión a internet y guardas. Poco importa que sea un moridero de moscas o que a las 11 de la mañana se dediquen a bombear todos los deshechos y obsequien al cliente con un fuerte olor a heces. Después de todo, el miedo sigue presente. Tal vez ya no esté justificado, pero los viejos temores son los más difíciles de borrar.

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